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El reloj del nacionalismo marca las horas a su propio compás, al margen del tiempo real. Y así, convierte en presente legendarias arqueologías caducas, como si el resto de los pueblos no tuvieran historia; o estas no valieran un ochavo. O como si los pleitos de hoy debieran dilucidarse a golpe de pedigrís. También calculan el espacio de acuerdo con fórmulas arrumbadas por las nuevas leyes de la física del poder, de modo que la geografía de la «Volks» en la que asientan sus reclamaciones nada tiene que ver con la realidad de unos ámbitos de soberanía que trascienden estados y las fronteras y que, en ocasiones, se pasan a ambos por el arco del triunfo.
Tales distorsiones moverían a la displicencia, si no fuera porque en realidad constituyen una gran impostura. Nadie en su sano juicio podría, por ejemplo, reclamar en serio el derecho a decidir, para un microespacio ridículo en términos contemporáneos, en un mundo global en el que las decisiones que importan sobrevuelan gobiernos y organismos internacionales partiendo de nuevas fuentes de poder cuyos contornos se difuminan en los reflejos inmaculados de los parqués bursátiles.
El derecho a decidir representa para ellos, pues, sólo el instrumento con el que amedrentar a espíritus débiles a fin de conseguir objetivos políticos a los que no podrían aspirar en razón del tamaño real de los grupos a los que representan. Los dirigentes de CiU y el PNV son hombres de su tiempo y de su lugar. No pueden creer seriamente en lo que reclaman. Su estrategia consiste en que los demás sí creamos que lo creen. En ello están desde hace más de tres décadas y, hay que reconocerlo, con un éxito notable. Porque siempre han encontrado personajes atormentados por la mala conciencia de su propio pasado. Y de eso discutimos mientras el futuro se nos escapa.




