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Dirán de mi que soy el mayor monstruo nazi después de la II Guerra Mundial», escribió Anders Breivik en su «Manifiesto» en el que describe minuciosamente las razones por las que cometió un crimen que ha hecho temblar los cimientos de Noruega y Europa. Los noruegos conocen ya prácticamente todos los detalles de sus asesinato. Lo que no saben es cómo explicar que un asesino sagaz y cruel que considera «atroz pero necesario» matar a 86 personas para difundir un cúmulo confuso de ideas racistas, nacionalistas e islamófobas, sea un noruego como ellos, de pura cepa, nacido y educado en la sociedad con mayor desarrollo humano del planeta.
El primer ministro laborista Jens Stoltenberg, ha tenido que afrontar una situación inesperada en este país de menos de cinco millones de habitantes, donde la discusión sobre la integración de los inmigrantes en una sociedad tolerante lleva más de dos décadas sobre la mesa. Igual que en los demás países nórdicos, paraísos del Estado de bienestar, ese debate estaba adquiriendo proporciones más abruptas, elección tras elección. El Partido del Progreso (FrP) se ha convertido en el segundo partido del país con un programa basado en una política muy agresiva contra la inmigración. Casi el 10 por ciento de la población es extranjera y en Oslo cerca del 40 por ciento de los niños tienen padres nacidos en otros países.
El FrP insiste en destacar que si bien el criminal llegó a militar en sus filas, las abandonó precisamente por considerarlos demasiado «blandos». Ningún representante de este partido aparece en público estos días sin que le acompañen un par de militantes de aspecto exótico. Y en cuanto a Stoltenberg, las acusaciones de frialdad y distancia se han convertido en alabanzas. Su discurso en el funeral de la catedral de San Salvador emocionó hasta las lágrimas a todo el país, desde el Rey Harald hasta el último de los ciudadanos que lo contemplaba por televisión: «Nadie nos hará callar. Nadie podrá impedir que Noruega sea ella misma», pronunció.
La riqueza del petróleo
Según algunas interpretaciones, la característica esencial del debate sobre la inmigración en Noruega es económica. Se trata de discutir si los inmensos beneficios de las exportaciones de gas y petróleo deben ser preservados para los noruegos, o si hay que incluir también a los ciudadanos llegados de países en conflicto (Somalia, Irak, Pakistán, Kosovo) en el reparto. Para la mente de Breivik, sin embargo, se trataba de una cuestión más esencial: «salvar a Europa del islam y del multiculturalismo». El filósofo Lars Gule, experto en movimientos de extrema derecha, cree que «en Noruega hay muchos que podrían compartir sus opiniones», porque «en una sociedad sin límites en la libertad de expresión se puede hablar de todo». Lo que ha roto todos los esquemas es esa irrupción brutal de la violencia en un país donde la policía no considera necesario ir armada, ni sospechar de alguien que compra toneladas de fertilizantes y explosivos, porque nadie —excepto el propio Breivik— podía imaginar que la guerra entre occidente y el islam sería declarada por un noruego en una apacible isla llamada Utoya.









