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Cuando la situación de crisis económica hace más necesario que nunca el liderazgo político en la Casa Blanca y en los partidos políticos que controlan el Congreso, el caos se ha adueñado estos días de la vida política estadounidense, situando el país al borde de la quiebra. Lo que comenzó siendo una disputa más o menos artificial (aprobar mayor endeudamiento ha sido normalmente un trámite rutinario, y así debía ser ahora que el 2 de agosto se llega al techo de deuda autorizado por el Congreso), ha puesto de manifiesto el callejón en el que se encuentra EE.UU.: una economía que ya no es intocable, un presidente que prefiere verse más como «dinamizador» que como líder y un Partido Republicano desnortado tras el auge en su seno del Tea Party.
Las dificultades anoche de John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes y líder de los republicanos en ese foro legislativo, donde cuentan con mayoría, para hacer aprobar su propuesta —elevar el techo de deuda en dos etapas (ahora y antes de que el año que viene comience la campaña de las presidenciales) a cambio de recortes de 2,7 billones de dólares en diez años—, mostraron esa división interna entre los conservadores.
En un diálogo de sordos, ahora la pelota está en el tejado del Senado, controlado por los demócratas, quienes tramitarán su propia propuesta: nominalmente hablan de recortes similares (2,2 billones de dólares, aunque hay ahorros de gastos que no iban a hacerse debido a la retirada de Afganistán) y plantean cerrarlo todo ahora, sin tener que volver a negociaciones antes de los comicios de 2012, un escenario que Obama no desea.
Fracasado su intento de capitanear un acuerdo, Obama siguió ayer silencioso el desarrollo de la crisis política. El portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, recordó el alineamiento del presidente con la propuesta demócrata y recordó a los republicanos que su idolatrado Ronald Reagan hizo subir el techo de la deuda en 18 ocasiones.
Irák y Afganistán
Lo que Carney no explicó es que lo que singulariza la presente situación es que sucesivas presidencias han ido elevando el gasto federal, y que tras las guerras de Irak y Afganistán y los rescates del sector financiero y automovilístico, el nivel de endeudamiento llega a niveles inusuales para EE.UU. (cerca del 80% del PIB). En ese caldo de cultivo creció la protesta del Tea Party, cuyos candidatos fueron elegidos en las legislativas del pasado mes de noviembre precisamente para recortar el gasto público y adelgazar el Gobierno central.
En sus dos primeros años de mandato, Obama no tuvo el recorte del gasto como prioridad, y no lo ha abordado seriamente hasta que ha llegado el momento de elevar de nuevo el techo de la deuda. En febrero de 2010 se pudo elevar sin mayores compromisos porque el Tea Party aún no había irrumpido en la Cámara de Representantes. Esta vez es diferente.









