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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Amarillo

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Algo falla cuando el periodismo se prostituye por el éxito, pero también cuando el público se entrega a la patología morbosa

Día 20/07/2011

QUÉ gran serial sensacionalista habrían montado los tabloides de Murdoch con los materiales de su propio escándalo. El anciano magnate acorralado, la ambiciosa pelirroja sin escrúpulos, los jefes de policía sobornados, las escuchas clandestinas, el primer ministro en apuros, el periodista suicidado. Política, finanzas, corrupción, periodismo, poder. Falta un poco de sexo, pero ya aparecerá entre tanto detalle escabroso y tanta promiscuidad delictiva. Es una historia brutal de abuso y prepotencia, de carreras fulgurantes levantadas sobre el barro de la degradación de los principios deontológicos, de envilecimiento paroxístico en las élites de la sociedad del éxito.

Y cómo nos gusta, a los periodistas y a los medios, recrearnos en la morbosa quincallería de ese oprobio. Ah, el periodismo amarillo: el chivo expiatorio de todos nuestros excesos y desproporciones. El culpable propicio que absorbe como un cordero sacrifical los remordimientos corporativos por el sectarismo, por la superficialidad, por los contubernios con el poder, por la conversión de la realidad en espectáculo. Por todo eso que a menudo subvierte las reglas del viejo negocio de las noticias y las opiniones y lo convierte en un sindicato de intereses o en un circo de trivialidades. Menos mal que de vez en cuando aparecen un Murdoch, una Rebekah Brooks, un Coulson en los que descargar el desasosiego y el sentimiento de culpa. Un hatajo de desaprensivos canallas cuya obscena deshonestidad nos limpia la conciencia y nos pone a salvo, por comparación, de cualquier desmesura o desafuero.

Nadie se atreve, sin embargo, a emitir juicios de valor sobre la condición de las audiencias que sustentaban ese cúmulo de desmanes. Al público ni tocarlo; el cliente siempre tiene razón incluso en su demanda desmedida de basura moral empaquetada de cotilleos. Pero los tabloides de la discordia tenían millones de lectores que jamás cuestionaron que los ¿periodistas? de Murdoch delinquiesen para satisfacer su voraz apetito social de truculencia malsana. Todo valía en nombre de la libertad de información, el principio sagrado cuya invocación parece justificar el atropello de la intimidad o la violación de los derechos individuales.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que este oficio se sustentaba sobre la idea de que los periódicos son de sus lectores. Y eran éstos, con su exigencia colectiva de claridad intelectual y limpieza moral, quienes establecían las normas de conducta a las que debía atenerse una información obtenida con dignidad y presentada sin aditivos de excitación patológica. Algo falla cuando el periodismo se prostituye por el éxito, pero también cuando el público renuncia al privilegio y la responsabilidad de escoger y se convierte en una despersonalizada masa consumidora de linchamientos y bazofia. Víctima, sí, pero también cómplice en el descontrol de esa feroz trituradora.

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