Cine

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Las críticas de los estrenos del 15 de julio

ABC te da las claves de las películas de la cartelera

Día 15/07/2011 - 12.35h

«Harry Potter»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Última entrega y por lo tanto definitiva de este serial de películas con el niño que empezó de aprendiz de mago y que se ha ido convirtiendo en el señor y portador de un anillo pesadísimo. A medida que la historia ha ido avanzando ha perdido frescura, sorpresa y magia para ganar en complejidad, en distorsión y en negrura, hasta el punto de que lo que comenzó como un entretenimiento docente o adolescente se ha convertido, en estas últimas entregas, en un western terminal, en un duelo continuado y reiterativo entre Potter y Voldemort, entre el bien y el mal. Esta parte 2, como es obvio, redondea la película anterior (Parte 1) y le da sentido a un primer tiempo endeble, sin sentido. Pero no es fácil, ni justo, considerar a Harry Potter por partes, pues no se puede obviar que el mundo de J. K. Rowling es un enorme globo del que penden emocionalmente varias generaciones que han crecido a la par que Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint, que conocen Hogwarts como su propio cole y los ambientes, detalles y personajes de la trama como si les fueran a examinar de todo ello en septiembre. Sin la pasión de lo propio, lo cierto es que «Las reliquias de la muerte» busca algo de novedad en el 3D y en el rescate melodramático (telenovelesco) de la moral de algún personaje en entredicho, algún profesor severo o algún alumno draconiano, pero la sensación (personal) es que la serie ya estaba totalmente estancada en un reiterativo tuya-mía entre las varitas de Harry Potter y de Lord Voldemort, ya un esperpento en brazos de Ralph Fiennes. El director David Yates (también de la anterior) da la impresión de buscar un ritmo «última escena» desde que arranca la película, con lo que, al menos psicológicamente, te produce esa sensación de lo interminable, de do de pecho sostenido, a la vez que pretende ir haciendo nudos a todas las hilachas sueltas de las siete películas anteriores. Pero es conveniente insistir en la notable diferencia que producirá según el espectador: el propio la verá redonda y redondeada (con ese final sospechoso y hábil para próximos amasadores) y el ajeno tal vez la encuentre entretenida y espectacular.

«Betty Anne Waters»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Hay dos planos en lo que se cuenta en «Betty Anne Waters» que luchan entre sí por ser lo esencial: una mirada adusta y desconfiada al sistema policial y judicial norteamericano y una mirada jugosa y cremosa al ansia de superación del ser humano y a las posibilidades que para ello también te ofrece el modelo social americano. Y uno, espectador, ha de elegir la dosis de este combinado. Un hombre es condenado a cadena perpetua por un asesinato que «tal vez» no ha cometido y su hermana sacrifica su vida y su familia a la empresa de arrancárselo legalmente al sistema. Pero lo mejor de ella, la película, no es ninguna de estas dos miradas, sino otra: la relación de certeza genética entre esas dos personas, el hermano díscolo, asilvestrado, insumiso, y la hermana fiel, entregada a la certeza de inocencia de su sospechoso hermano y tozuda hasta el sacricio absoluto... La confianza inexplicable pero inexorable entre ellos es el paisaje único y hermoso de esta película salpicada de «flashback», además, claro, de la precisa interpretación que de ambos hacen Hilary Swank y Sam Rockwell (y no es menos espectacular el trabajo de Juliette Lewis, tremenda, embarrada, alcoholizada y desdentada). En fin, una película tan veraniega como un puñado de castañas asadas.

«Nuestra canción de amor»

POR E. R. MARCHANTE

Con la línea dramáticamente imbatible de su personaje, una cantante acabada, paralítica que busca al hijo que abandonó, la actriz Renée Zellweger intenta componer la música de esta película, aunque sea el ronco y ácido Bob Dylan quien la firme. Pero lo mejor de la función no es ni la entrega de Zellweger (que reduce al mínimo su inagotable catálogo de tics plañideros) ni el bordado musical de Dylan (cualquier quiebro de Dylan aún es un botonazo a la esponjosidad del espíritu), sino la presencia plantígrada de Forest Whitaker, un actor que no precisa ni cámara ni pantalla para rimar en consonante con los ojos del público, y que aquí le proporciona «el prestigio» al truco de la película. El director es Olivier Dahan, el de «La vie en rose», y le falta firmeza en el pulso para sostener el equilibrio melodramático de una historia enfocada al encuentro (casi siempre impresentable) de una madre con el hijo abandonado, pero sí aguanta bien las riendas de lo que es el viaje, la «road movie», el cambio de paisaje externo e interno de esos personajes oxidados, ese terreno común de los perdedores. Con algo más de pudor entre lo típico y lo atípico, a Olivier Dahan le hubiera quedado una obra a la altura de la ronquera de Dylan.

«El fin es mi principio»

POR JAVIER CORTIJO

Sin duda un actor de la estatura de Bruno Ganz se merecía una vuelta al ruedo con salida a hombros incorporada como la que le proporciona Jo Baier en este filme con alma teatral, y donde el suizo se pega todo un recital y homenaje encarnando a un viejo periodista moribundo que, desde su bucólico retiro, se propone regalar a su hijo unas cuantas lecciones magistrales de mundología. Hasta ahí, todo perfecto e intachable. Lástima que, a la hora de la verdad, «El fin es mi principio» se vea lastrado por varios nubarrones: el discurso del «whitmaniano» patriarca es una larga perorata sobre política y desencanto de sus años en la China de Mao, el rol del hijo (marginado en aquella efervescencia paterna) llega a chirriar tanto como el aspaventero alemán en mitad de la Toscana o la energía irreal de un anciano ahogado por el cáncer (cuyas circunstancias se muestran crudamente en pantalla)... Todo ello casi convierte la emoción en artificio y, como dijo Homer Simpson, lo bíblico en sermón. Pese a todo, contiene bellos oleajes vitales y unos paisajes de impresión.

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