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«Las guerras van y vienen; únicamente perviven los logros culturales». La frase, por extraño que parezca, es de Adolph Hitler. No solamente en sus años juveniles, en los que abrigó el sueño de ser pintor, sino también cuando sus ejércitos le otorgaban el poder sobre media Europa, Hitler se sintió siempre más un artista que un político. Thomas Mann, uno de sus primeros y más clarividentes críticos, intuyó desde el principio que el auge del «fenómeno Hitler» tenía una fuerte connotación estética. Los discursos del futuro dictador, sus gestos, así como toda la parafernalia nazi –los símbolos, los uniformes, los desfiles, las espectaculares concentraciones…– eran los elementos de una puesta en escena casi operística que ocultaba la vacuidad de su mensaje apelando a la emotividad y al subconsciente del espectador.
Una familia en Bayreuth
Los intereses culturales de Hitler, su temprana vocación de pintor, su pasión por las artes, la música y la arquitectura han sido temas tabúes para los estudiosos. La razón es evidente: al ahondar en ellos se corre el riesgo de presentar al dictador bajo una luz más positiva. Con una minuciosa documentación y una notable claridad de exposición, Hitler y el poder de la estética sortea estos peligros y consigue desentrañar una materia tan sensible con rigor y objetividad. Sin ánimo de restar un ápice de gravedad a las infamias que se cometieron, el autor proporciona al lector una pieza esencial de ese tortuoso rompecabezas que fue la personalidad de Hitler.
Del estudio de Spotts se desprende que, en el ámbito de las artes, el mundo musical fue el que con mayor entusiasmo abrazó la causa del nazismo. Es cierto que un número significativo de intérpretes y compositores fueron obligados a abandonar el país, y que las corrientes más avanzadas fueron silenciadas y perseguidas. Pero es igualmente cierto que una conspicua nómina de músicos se benefició del generoso mecenazgo nazi en forma de subvenciones, premios, pensiones y cargos honoríficos, y sostuvo el régimen hasta el final.
Visión tenebrosa
Si muchas de las conductas de entonces (las de Richard Strauss y Wilhelm Furtwängler, in primis) demuestran que la cultura por sí sola no garantiza ninguna salvaguardia contra la barbarie, el caso de Hitler arroja una luz aún más siniestra sobre el asunto. El mismo hombre que sentía una sincera pasión por las artes incitaba al odio racial y ordenaba el exterminio de millones de personas; el mismo que se conmocionaba ante la destrucción de un teatro de ópera lideraba la mayor devastación de Europa nunca jamás llevada a cabo; el mismo que enviaba a la masacre a miles de sus ciudadanos eximía del servicio militar a los artistas argumentando que la muerte en combate de cualquiera de ellos hubiera supuesto una pérdida irreparable para la sociedad.



