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«Mamá, no pongas las noticias»

Niyireth Pineda, la soldado fallecida en Afganistán, advirtió días antes a su madre sobre los peligros que estaba corriendo

Día 03/07/2011
«Mamá, no pongas las noticias»
 

Cuando a Neila Yamith Pineda le preguntaron qué quería hacer con el cadáver de su hermana Niyireth, víctima número 96 de las tropas españolas en Afganistán, la respuesta fue clara. Quería exhumar y no cremar un cuerpo que no pudo ver. Quería una tumba en la que algún día cupieran todos. Y así fue. Niyireth fue enterrada al mediodía del jueves entre pétalos de rosas rojas regados por todas partes en el cementerio de Pereira, capital de la provincia cafetera de Risaralda. Y su tumba, en efecto, es una de las más grandes del camposanto.

Según los partes médicos, Niyireth, colombiana de 31 años y madre soltera de Johan, su hijo de 12 años, quedó irreconocible tras la explosión de una bomba que el domingo pasado mató a otro soldado del Ejército español, Manuel Argudin, e hirió a tres más a unos 20 kilómetros de Qala i Naw. Niyireth iba a la derecha. El artefacto explotó justo al lado de ella. Por eso el ataúd llegó a Colombia sellado con una gruesa plaqueta de zinc. «El golpe emocional con un cadáver en semejante estado es muy fuerte. No dudamos en cerrar la tapa para siempre», explicó Jairo Alberto Correa, la persona encargada de repatriar el cuerpo desde Afganistán.

Maestra en una zona pobre

Su hermana Neila —también soldado del Ejército español— y su esposo serán quienes se hagan cargo a partir de ahora del pequeño Johan en España. «Tenemos la obligación de darle la mano al niño, de brindarle educación, pues ese era el sueño de su mamá», dijo al diario colombiano «El Tiempo» Luz Delia, la madre de Niyireth y de otros cinco hijos.

La historia de Niyireth es clásica en Colombia, país que ocupa el primer lugar del mundo por número de desplazados internos y refugiados, con más de 5,28 millones de personas. Nació en Planadas, una empobrecida zona del sur de la provincia del Tolima. Su familia ha vivido de la agricultura donde se gana bastante menos que el salario mínimo (254 dólares mensuales). «Era una mujer que le gustaba mucho enseñar. La recordaré como profesora, caminando descalza por el campo, para ir a enseñarle a leer y a escribir a los niños. Se iba a pie, a caballo. Era una mujer muy buena», comenta a ABC Martha Ruiz Pineda, una de sus primas. «Era alegre, le gustaban las fiestas», completa su madre recordándola como una persona de buenos sentimientos, que le enviaba dinero para su sostenimiento y la compra de medicamentos.

Niyireth se había ido a España hace seis años. La había convencido su hermana Neila. «Recién llegada a España, Niyireth trabajó como asistenta en varias casas, después ingresó en el Ejército (donde ganaba uos 13.000 euros anuales) y desafortunadamente encontró la muerte en Afganistán», recopiló su madre, mostrando la foto tomada el martes pasado cuando en el cuartel de la Isleta, en Gran Canaria, el Príncipe Felipe de Borbón les entregó la cruz y la bandera. «Unos días antes me había llamado por teléfono. Yo la noté con miedo porque la cosa por allá donde estaba trabajando no era tan fácil», añadió su madre, a quien ese día le sorprendió una petición de su hija en el sentido de que no viera noticias de la televisión. «Me dijo que la cosa allá estaba muy dura».

Luz Delia esperaba a su hija para diciembre. Era la segunda vez que iba a regresar de misión en Afganistán. Quizás sería la última vez, les había dicho. Soñaba con estar en su casa, bañarse en el río, volver a misiones más tranquilas. «Contaba historias de esas tierras como si fuera toda una aventura», relata Diana Milena Ortiz, otra de sus primas.

«Quería mucho a su hijo y lo hacía todo por él». Son las palabras de una de las muchas amigas que dejó Niyireth Pineda en Fuerteventura. La recuerdan como una persona jovial, siempre dispuesta a pasarlo bien, aunque cuando no estaba en el cuartel o de maniobras con sus compañeros del Regimiento de Infantería Ligera Soria 9 en el campo de tiro de Pájara, aprovechaba todo el tiempo que podía para pasarlo con su hijo, su verdadera pasión.

Desde que ingresó en su acuartelamiento, hace cuatro años, se integró a la perfección en el día a día y pronto empezó a despuntar entre sus compañeros. «En su trabajo era realmente buena, y por eso el sargento se la llevó la segunda vez de misión», recuerdan. La soldado Pineda tenía aptitudes para lo militar y el sargento Manuel Argudin Perrino, fallecido en el mismo atentado en Afganistán, lo sabía. Sus conocimientos en las distintas áreas la hacían irremplazable en las misiones en las que participaba.

Su origen colombiano le confirió un estatus dentro del cuartel que sostuvo gracias a su constancia. «Era una soldado dura, a la que no le importaba estar cinco horas en un vehículo militar casi sin moverse o aguantar temperaturas muy por encima de los cincuenta grados en los blindados del Ejército». Sus compatriotas están muy bien considerados y respetados dentro del Regimiento, se les ve que son capaces de soportar las condiciones más exigentes. Es cierto que lo hacen por sus familias, a las que tienen que mantener.

«En algunos casos, es una cuestión económica», reconocen en el cuartel de Fuerteventura. Dentro del Regimiento, y sea cual sea la nacionalidad de los soldados, los hay que tienen vocación y otros que decidieron ingresar en el Ejército para asegurarse una estabilidad económica. En el caso de los colombianos, esa diferencia apenas se aprecia. «Son auténticos profesionales», coinciden todas las fuentes.

En sus aspiraciones por garantizar el bienestar de su hijo, la soldado Pineda decidió ingresar en el Ejército. Hace dos años pudo traerlo desde Colombia a Fuerteventura a vivir con ella. Una vez dedicada a la vida militar, aprendió a querer su profesión, y ella, al igual que sus compatriotas, no hacía distinciones entre Colombia y España. «Defienden el país sin mirar el color de la bandera», aseguran sus compañeros de armas. Unos setenta colombianos forman parte del Regimiento de Infantería Ligera Soria 9. Muchos mandos prefieren tener entre sus filas a estos soldados porque «son respetuosos, callados y bien mandados, nunca protestan», según dicen.

Veterana en Afganistán

La primera vez que participó en una misión en Afganistán, Niyireth lo hizo como miembro de la QRF (Quick Reaction Force o Fuerza de Reacción). Su sección estaba preparada para actuar en cualquier momento en caso de conflicto. Al regresar a Fuerteventura, comenzó un año de preparación para volver por segunda vez, pero en esta ocasión lo haría en la PRT (Equipos de Reconstrucción Provincial). En esta nueva misión, la que le costó la vida, debía guardar por que se hicieran las carreteras y construyeran colegios, además de velar por la seguridad en el país. El convoy en el que viajaba Niyireth debía mantener abierta la ruta Lithium, una de las principales vías de comunicación con los puntos más alejados y una de la zonas más recónditas e inhóspitas de Afganistán.

Niyireth pertenecía al regimiento más antiguo de Europa, con 502 años de historia. El Soria 9 es conocido con el sobrenombre de «El Sangriento». Cuentan los libros que hace muchos años murieron casi todos sus hombres en una batalla, solo uno de ellos vivió para contarlo. Desde entonces, la leyenda ha seguido a este regimiento, integrado en sus inicios por un importante número de legionarios. Los iberoamericanos se han ganado el respeto de sus compañeros por la unidad de la tropa. Participan en la misión y saben que España tiene «compromisos internacionales que la gente no entiende».

«Vamos a donde nos echen, hay momentos buenos y momentos malos, pero siempre puedes estar peor». Un sentimiento que se inculca a los soldados desde que hacen la adaptación, se impregnan de sus compañeros y en tan sólo tres meses empiezan a sentir las ganas de viajar a Afganistán. Es lo que le ocurrió a Niyireth que decidió regresar al país afgano a sabiendas de la peligrosa misión que tenía que cubrir, pero lo hizo segura y confiada porque junto a ella estaban sus compañeros y, sobre todo, el sargento Argudín, al que todos consideraban como un padre.

Mientras, en Pereira (Colombia) han sido días de dolor. «España asumió toda la responsabilidad sobre el traslado del cadáver de Niyireth», explicó Jairo Alberto Correa, un ex periodista que decidió cambiar de oficio para dedicarse a repatriar colombianos fallecidos en el exterior. «Es un procedimiento costoso —30.000 euros de promedio—, doloroso, pero de gran alivio para el duelo pues los familiares necesitan estar con el cuerpo presente», explicó Correa.

«Nos impresionó la cabeza fría que tuvo Neila», interrumpió Freddy Guerrero, el responsable de la funeraria donde fue velado el cuerpo de Niyireth. «El avión llegó de España el miércoles pasado en la noche y su hermana le pidió a los funcionarios españoles que la aguardaban con todos los honores, que no quería ningún tipo de ofrenda ni de ceremonia. Dijo que su hermana ya estaba muerta y que para qué hablar de héroes». Y el jueves, ante el cuerpo de su querida hermana, pidió a sus amigos que taparan la escena y que no permitieran más cámaras rodeando el féretro. «¡Respeten!», gritó.

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