Cultura

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Autorretrato inconcluso

Recorremos la esperada exposición de Antonio López en el Thyssen. Está todo a punto. El lunes la inauguran los Reyes y el martes se abre al público

Día 23/06/2011
ERNESTO AGUDO

En el jardín que da acceso a la entrada del Thyssen se ha instalado una gran cabeza de bronce, «Carmen dormida», con la que los turistas se fotografiaban ayer. Y en el vestíbulo se alza el prototipo de su «Mujer de Coslada». Mide 5,5 metros de altura. Parece hecha para este espacio. Majestuosa, mirando al cielo, recibe a los visitantes. Frente a ella hablamos con Guillermo Solana, director artístico del museo y uno de los comisarios de la exposición. Nos cuenta que invitó a Antonio López a un Patronato del museo, en el que se dio luz verde a la instalación aquí de esta gran escultura. «Antonio es como el Dalai Lama, a la gente le gusta verlo, tocarlo, casi le piden su bendición». No tiene dudas: «Es el artista español vivo más importante». Explica que ha costado mucho llevar a buen puerto esta muestra: «Con la exposición de Boston en 2008 cambia la actitud de Antonio; le devolvió la seguridad, las ganas de reencontrarse con el público».

Nos interrumpen. Acaba de llegar la última de las 130 obras: el «Hombre tumbado», de bronce, recién salido de la fundición. Parece un Cristo muerto. Hay dudas de cómo colocarlo. Solana decide esperar a que llegue el artista. En torno a él, esculturas como «Hombre y mujer» —su gran obra clásica— o la «Mujer de Coslada» en pequeño tamaño, y dibujos de gran formato. De repente aparece Antonio López, con camiseta de una conocida marca deportiva y tirantes, a toda marcha. Se le ve en forma. «Ni come, ni bebe», dice Solana. «Es la edad», sentencia el maestro. Le acompañan su mujer, Mari, y su hija María, comisaria también de la muestra. Antonio lo tiene claro: hay que colocar el «Hombre tumbado» mirando a la pared. Lo primero que debe ver el visitante es su cabeza.

La muestra, advierte Solana, no es una reinterpretación más de la obra de Antonio López, sino la versión del artista, una suerte de autorretrato. Arranca con los tres lugares de su vida, sus referencias: Grecia (representada con cuatro copias de cabezas de Olimpia), Tomelloso (con «Carmencita jugando» se instala el realismo en su obra) y Madrid («Terraza de Lucio»). Para Solana, esta última es una de sus obras maestras absolutas. «La azotea es un espacio muy de Antonio, entre la casa y el mundo. Le gusta mostrar en sus cuadros el emplazamiento del artista dentro de la pintura. Fuerza al espectador a estar ahí, y produce vértigo». Otra sala está presidida por una escultura doble (él junto a Mari), muy frágil, llegada desde Alemania. Y alrededor, interiores domésticos (aparadores, neveras, baños, ventanas)... «El pintor en su castillo; tiene la solemnidad de una tumba egipcia», advierte el comisario.

Entrañables retratos de sus hijas, Carmen y María, nos conducen hasta sus tres grandes temas: la ciudad, el árbol y la figura humana, que se corresponden con tres géneros: pintura, dibujo y escultura. La ciudad centra tres salas, es el corazón de la exposición. Ahí están sus vistas de Madrid. Las hay surrealistas, mágicas, románticas, como «Atocha»; también melodramáticas, trágicas («Madrid desde Torres blancas»); anónimas («Madrid Sur»), neutras y frías («Madrid desde Capitán Haya»), despiadadas («Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas»). «Nunca fue tan duro con Madrid», dice Guillermo Solana. Frente a este cuadro, subraya el comisario lo audaz y sorprendente de este artista: «No tiene nada de hiperrealista, sólo el vértigo de la visión, que te obliga a meterte dentro». Pasamos ante un exquisito estudio de un cielo antes de entrar en la sacrosanta sala dedicada a la Gran Vía. Junto al icónico e hiperconocido cuadro se reúne por primera vez su mágico vuelo de la Gran Vía en siete escenas. Finalmente se ha decidido a mostrarlas. Hace días no lo tenía claro. Algunas están muy terminadas, otras bastante más que esbozadas. Es emocionante, un privilegio, poder admirar el proceso pictórico de Antonio López, ver cómo va construyendo sus trabajos, algo nada habitual en una exposición. «Tiene un valor único», dice Solana. Antonio López nos anuncia que la serie pasará de siete a ocho obras. «Comenzará de noche, con una vista nocturna». Aún no la ha empezado.

Una mirada retrospectiva

El segundo gran tema de Antonio López es el árbol. Le obsesionan los árboles frutales. «Yo lo veo como el antídoto de la ciudad: el pequeño huerto doméstico, la intimidad, lo infinito para dentro», comenta Solana. Cuelgan juntos membrilleros de distintas etapas —pasa de difumirlos a dibujarlos solo con el contorno—, calabazas, uvas... Su tercer gran tema, la figura humana, cierra la primera parte de la exposición.

Continúa la muestra en las salas Moneo del sótano con una mirada retrospectiva, y cronológica, a seis décadas de trabajo. Hay obras de sus comienzos, retratos de sus abuelos, sus padres, amigos... Se ha decidido finalmente a exponer el autorretrato con Mari que estuvo oculto durante décadas bajo un paisaje que pintó su esposa. Cuelgan en la muestra célebres interiores, desnudos, naturalezas muertas... Se cierra con obra reciente, incluso inacabada: pinturas de flores y esculturas de niños (dos figuras caminando y corriendo y muchas cabezas). TF publicará en julio un catálogo que reúne la pintura y escultura de Antonio López: incluye un texto inédito de Delibes sobre el artista. Se suma al volumen de sus dibujos que publicó en 2010.

A la salida de la muestra nos acercamos a un pintor que plasma, a pleno sol y en un lienzo, el acceso del museo. Recuerda al propio Antonio López, cuando hacía lo propio en la Gran Vía. Es Alberto Martín Giraldo y en 2010 estuvo en un taller que dirige cada año Antonio López en Ávila. Al igual que el maestro, le gusta pintar en la calle, el contacto con la gente. No hay mejor epílogo para esta espléndida exposición. La huella de Antonio López en los jóvenes pintores, como una gran performance.

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