Expulsamos al embajador de Libia acreditado en Madrid y creemos que se ha dado un gran paso hacia la caída del régimen tripolitano. El que la situación militar sobre el terreno no avale esa teoría es irrelevante. El discurso es bonito. Tan bonito que al que más debe de estar gustando es al dictador sirio Bachar al-Asad. Y no es para menos. Tres meses después de empezar las revueltas y mil muertos más caídos en esta otra guerra civil, Asad repitió el pasado lunes el mismísimo discurso que pronunció en la primera hora de la revuelta. Y con razón. Si todo lo que debe temer de la comunidad internacional es que actúe con él como lo hace con Gadafi, el problema de Asad no es tan grave.
El mensaje que ha llegado a Damasco es que la comunidd internacional sólo ha sido capaz de proveerse para Libia de una resolución de mínimos por parte del Consejo de Seguridad. Y con esa resolución, que no mandata para finiquitar a Gadafi ni cuando juega al ajedrez ante las cámaras de televisión, vemos pasar el tiempo con los rebeldes recibiendo visitas de unasolidaridad conmovedora —y de una efectividad por demostrar.
Asad tiene su revuelta circunscrita a localidades menores mientras que las calles de la capital y otras urbes relevantes parecen en manos de sus fieles. Sabe que puede contar con el respaldo de Irán y ha conseguido que Líbano dé un giro hacia posiciones menos contrarias a sus intereses. Y cada mañana ve en las noticias cómo Gadafi sigue en Libia bajo estériles ataques de la avición occidental.
Siria y Libia pueden enseñarnos una lección de largo recorido. Ni uno solo de los muertos que se produzcan bajo el fuego occidental tiene justificación si al final se mantiene Gadafi en el poder. Y si no acabamos pronto con él, Bachar al-Asad seguirá emulando a su padre, Hafez al-Asad, «El Matarife».


