Canarias

Canarias / HOJAS DE ANTAÑO

Indignación del indignado

Todavía algunos tertulianos explican el giro de un gobierno hacia una política que nada tiene que ver con los valores de sus siglas

Día 19/06/2011

Se levanta; las ocho y media. ¿Para qué? Se afeita en una especie de ritual que le reconcilia con el espejo. Tiene ojeras grisáceas, cada mañana abultan más, o eso le parece. El café solo, bien cargado. Hoy buscará por Santa Cruz. Se dice eso de forma automática, sin preguntarse por qué, ni qué calles recorrerá, ni a qué puertas llamará. Mil veces se lo ha preguntado y lo único que consigue, en ese caso, es no levantarse de la cama. Los recepcionistas ya hasta le saludan cuando le ven llegar. «Buenos días, lo de siempre». «¿Cómo estás?». —Como siempre. Ya no es tan joven como le gusta recordarse internamente, y lo sabe. Una hipoteca y un hijo, casi nada. Licenciado en Humanidades, máster en Relaciones Internacionales, usuario avanzado en informática, varios años de experiencia en distintos sectores, desde descargar camiones hasta impartir clases. Domina el inglés y entiende el francés.

El paro se acabó hace meses, el subsidio se lo acaban de retirar y su hijo sigue creciendo. Su mujer, la misma historia. Un ERE se fumigó a 50, a 500, a 5.000 trabajadores de un bocado.

Pero es que, además, es un tipo al que le gusta estar informado. En Internet, antes de abrir su correo, o el Facebook, o el Tuenti, teclea las páginas de los principales diarios de la isla, y del país, y las de otros menos políticamente correctos. Y lo peor es que ya no se sorprende de ver cómo algunos «asesores» políticos, que son aquellos que no pillaron cacho en el reparto electoral, no se preguntan qué comerán sus hijos mañana. Ni se preocupan por levantarse cada mañana, en una especie de ritual, por encontrar algo, lo que sea, para seguir tirando. Y acepta, como el que se come el último yogur que queda en el frigorífico, que algunos políticos metan la mano en las arcas que todos les pagamos, sin complejos ni disimulo.

Todavía algunos tertulianos, esos que de todo opinan y de nada saben, asumen y explican, con amena pedagogía, el giro de un gobierno socialista hacia una política que nada tiene que ver con los valores obreros y socialistas de sus siglas.

Y entonces, una mañana en la que se ha cansado de dejar el currículum por quinta vez en cuatro meses en la misma mesa, descubre lo que lleva descubierto desde que el hombre aprendió a distinguir entre justicia e indecencia. Y, a modo de la caverna platoniana, se frota los ojos y se acuerda de la madre que parió a todos los hombres grises que le están cagando la vida. Y se echa a la calle, indignado.

No hace falta ser especialista para saber que la Historia, a veces, se repite. El padre de este joven pudo ser uno de los muchos indignados que en diciembre de 1977 se echó a la calle y paralizó el puerto de Santa Cruz de Tenerife por vez primera en más de cuarenta años. O protestó ante el Cabildo Insular por la cuestión del Sahara. Y quizá vivió aquellos sucesos funestos de los 70 en los que varios obreros y algún estudiante murieron. Una transición, tras la muerte del dictador, cargada de cicatrices, en la que la crisis del petróleo se dejaba sentir sobre las islas con desgarro, como ya dejaron escrito Ricardo Guerra Palmero, Domingo Garí, Julián Ayala o Rosa María Burgos. Pues eso, que se echa a la calle, y se manifiesta, y reivindica su derecho al pataleo. Y se declara en contra de todo este tinglado de cartas marcadas. No es difícil encontrarse con él, está en cualquier calle, con una cacerola y una cuchara en sus manos, a modo de arma. Y todavía tiene que seguir escuchando a algún tertuliano que se indigna del indignado, de su falta de concreción en las reivindicaciones. Y lo espeta así, sin vergüenza, desde su barriga llena. El tertuliano.

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