Cultura

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Cortázar: Cronopios y erratas

Jesús Marchamalo recorre la vida del escritor argentino al través de las notas y los rastros que dejó en su biblioteca, que custodia la Fundación Juan March

Día 18/06/2011

Encontraría al Mago? Tantas veces nos hemos asomado a su literatura y muy pocas a los libros que él leyó. La biblioteca personal del gran cinamomo Julio Cortázar la atesora desde 1993 la Fundación Juan March: más de 4.500 volúmenes. Rescatamos allí, entre aquellos anaqueles, al escritor Jesús Marchamalo, cortazariano convicto y confeso, que lleva años cohabitando con este tesoro de Alí Babá y ahora lo reparte en tinajas en su libro «Cortázar y los libros» (Fórcola Ediciones). Y ahí se esconde aún su gata Flanelle, que caía a la calle desde alguna ventana parisina y perdía en el asfalto una o dos de sus vidas (sabido es que los gatos franceses tienen nueve y son con ellas generosos).

Julio Cortázar era un caníbal literario. Su relación con los libros era antropófaga. Señalaba y marcaba párrafos, a lápiz o con bolígrafo, azul negro rojo casioscuro, o con rotulador. Reparte estopa, cronopios y famas: «Voilà», «Ah!», «Ça,», «¡Bien!», «Falso!», «Bodrio», «Penoso»... El laberinto de anotaciones de Cortázar, desvela Jesús Marchamalo, está serpenteado de paréntesis, exclamaciones, líneas rectas, subrayados, interrogantes, cruces, fechas, aspas, círculos, observaciones entusiastas... Octavio Paz habla de poesía y novela policiaca en El arco y la lira: «Un cuento de Borges, escrito con el mismo rigor inventivo es, sobre todo y por encima de sus otras cualidades, poema». Cortázar abraza con un corchete esas líneas y espeta: «No». Regaña a Cernuda que compara a Galdós con Cervantes: «No, hombre, por favor!», pero le encanta el poeta sevillano. Y se ruboriza cuando Carlos Fuentes sostiene: «Rayuela es a la prosa en español lo que Ulises a la prosa en inglés». Cortázar exclama: «Oh, oh». En Bajo tolerancia, termina uno de sus poemas José Agustín Goytisolo: «Así son pues los poetas,/las viejas prostitutas de la historia». El mago le reprende: «Che negro!».

«Craso error, Pablo»

Cuenta Jesús Marchamalo que Cortázar era un obseso de la edición cuidada y limpia de erratas. Un maniático en señalarlas, y una pantera desbocada si el texto estaba repleto de ellas; las corregía de forma atenta y minuciosa. En Confieso que he vivido, Cortázar vomita espumarajos de tinta después de corregir innúmeras erratas. La autobiografía póstuma de Pablo Neruda fue editada por su viuda, Matilde Urrutia, y por el escritor Miguel Otero Silva. Sulfurado, anota Cortázar: «(I) Che, Otero Silva, qué manera de revisar el manuscrito, carajo!». Y reprende a Neruda en la página 414, cuando el chileno afirma: «La verdad es que todo escritor de este planeta llamado Tierra quiere alcanzar alguna vez el premio Nobel, incluso los que no lo dicen, también los que lo niegan». Cortázar fulmina: «Craso error, Pablo».

Los errores tipográficos le encolerizaban. En La realidad y el deseo, de Cernuda, Cortázar acuchilla sin piedad a Emilio Prados. Donde se lee «bajo el cuidado tipográfico del poeta Emilio Prados», Cortázar enmienda: bajo «el descuido».... En Silence des yeux, de Juan Gelman, Cortázar se horroriza. El prólogo, escrito en francés por él, ha sido acribillado: faltan palabras, bailan las letras... No puede más, y debajo de la firma «Julio CORTÁZAR» incorpora de su puño y letra: «massacré» (masacrado).

Jesús Marchamalo nos guía por el fabuloso laberinto de Julio Cortázar, y se detiene en la obra en la que el mago se dejó las pestañas, Paradiso, de Lezama Lima, a quien le pega la bronca: «¿Por qué tantas erratas, Lezama?». «Frases... truncas»; «¿Mainyu o Maiyú?» «En la edición cubana de Paradiso—revela—, impresa en 1966, llegaron a contarse 798 erratas. Unas pocas menos, en todo caso, de las que hay en la edición de “Era”, que (revisada por Lezama, y al cuidado de Carlos Monsiváis y del propio Cortázar) se publicó en México en 1968, y en la que Cintio Vitier encontró 892».

«Retórica barata, viejo» Cortázar se ensaña con Valle-Inclán. En Águila de blasón anota: «Retórica barata, viejo»; «Ya te quisieras», le increpa a don Ramón cuando este alude a La Ilíada; y le da un puyazo en la última página: «Enorme y triste parodia, ni comedia ni bárbara». Y se excusa por partir «La voz a ti debida», de Pedro Salinas. «Esto es un poema. Habrá que excusarse por troncharlo». Y escribe al lado: «Releo en Weisbaden, en el restaurante Zagreb, lleno de vampiros, La mujer de negro (autómata de Hoffmann), el propietario, out of a Polansky film, el mozo (“camarero, Che!”) con patillas, barba azul, todos mirando a los clientes como si les calcularan los glóbulos rojos. Very beautiful. Y entonces Salinas».

Entre los más de 500 libros a él dedicados destaca, por su elocuencia poética, Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti: «Para Julio Cortázar que abrió un boquete respiratorio en la literatura, tan anciana la pobre. Con cariño no literario, Onetti».

En la Biblioteca cortazariana de la Fundación March siempre se halla algo nuevo: verdecillos cronopio, famas desnortadas y la vuelta a Julio Cortázar en más de 80 Magas.

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