El primer ministro británico, David Cameron, escenificó ayer el nuevo rumbo que seguirá la crucial reforma del sistema de salud inglés con un acto en un hospital de Londres junto al ganador del pulso vivido en el seno de la coalición de gobierno, el viceprimer ministro liberal, Nick Clegg, y el derrotado en sus tesis iniciales, el ministro de Salud conservador, Andrew Lansley. Éste presentó hace ahora casi un año un libro blanco para liberalizar la sanidad británica que insertaba el principio de «competencia» en el corazón del sistema y entregaba casi todo el poder y dos tercios del presupuesto del ministerio a una serie de consorcios de médicos de cabecera.
Desde ayer, el gobierno ha cambiado estos planes. La resistencia de los profesionales de la medicina a las ideas de Lansley y las peleas internas dentro de la coalición de liberales y conservadores llevaron a Cameron a abrir un proceso de «escucha» en abril para alcanzar mayores niveles de consenso. El envejecimiento de la población y las políticas de austeridad obligan a replantear el alcance del sistema de salud. Pero la reforma afecta a uno de los servicios sociales más intocables del panorama inglés, un «principio muy querido» de la sociedad, en palabras del propio Cameron.
El propio primer ministro llevó durante años a varios centros públicos a su hijo Ivan, que murió en febrero de 2009 a causa de la parálisis cerebral que padecía. Esta experiencia vital ha ayudado al líder «tory» a convencer al público de que su partido no quiere privatizar el sistema de salud para convertirlo en un modelo de seguros «a la americana».
Ayer, Cameron, Clegg y Lansley aceptaron la mayor parte de las enmiendas a sus planes de reforma que presentó anteayer el Foro por el Futuro, el panel de expertos liderado por Steve Field, un respetado médico a quien el primer ministro encargó un informe que recogiera las sugerencias del sector. Tras sus recomendaciones —que serán incluidas en el proyecto de ley que el gobierno debe volver a presentar al Parlamento— la misión principal de Monitor (el organismo regulador que contempla la reforma) ya no será «promover la competencia» sino la «colaboración y la calidad». El ministerio mantendrá además la responsabilidad última sobre el sistema.
Críticas de los «tories»
Los consorcios que controlarán el 65% del presupuesto del sistema de salud ya no estarán formados solo por los todopoderosos médicos de cabecera, como quería Lansley. Habrá especialistas y enfermeras. Y deberán celebrar reuniones abiertas para garantizar el control público del sistema y evitar la emergencia de «carteles» entre estos consorcios —que serán quienes financien y decidan los proveedores del tratamiento que prescriben— y los centros sanitarios.
«Hemos escuchado, hemos aprendido y hemos mejorado nuestros planes. Queríais que quedara claro que la competencia no estaba ahí como un fin en sí mismo —dijo Cameron a los médicos congregados en el Guy's Hospital—, pues hecho». A su lado, un satisfecho Clegg aparecía como el batallador interno que ha logrado doblegar los planes iniciales de los conservadores. «No ha habido giro de 180 grados humillante, como han dicho muchos», se justificó ayer Cameron. Una imagen que ha crispado al ala dura del grupo parlamentario «tory», que considera excesivas las concesiones realizadas y a quienes Cameron deberá ahora cortejar.









