Sus copias se expusieron como originales en los principales museos de Holanda
A Van Meegeren, considerado en ocasiones el mejor falsificador de todos los tiempos, no le faltaba razón. Sus copias de Johannes Vermeer, el gran maestro holandés del siglo XVII, eran de tal calidad que fueron validadas por algunos de los críticos más importantes de la época y expuestas como originales en los principales museos de Holanda.
Pero no fueron precisamente las encendidas palabras de Van Meegeren las que le salvaron de la pena de muerte al final de la Segunda Guerra Mundial, sino su habilidad con los pinceles para demostrar a los jueces que los cuadros que había vendido a los nazis no eran originales de Vermeer, sino falsificaciones suyas. Unas falsificaciones que podría repetir en cualquier momento, para que no pudieran condenarle por alta traición a la patria en tiempos de guerra, al vender al enemigo una obra del patrimonio artístico holandés.
La rendición alemana
Van Meegeren vendió su copia a Göering por 6,5 millones de euros actuales... pero falsos
Uno de los cuadros más valiosos era «Cristo y la mujer adúltera», firmado por el maestro Vermeer. Los documentos adjuntos a esa pintura y una compleja investigación demostraron que Göering había comprado el cuadro en 1943 a Van Meegeren, a través de un oficial de la Gestapo, Walter Hoffman, por 1,6 millones de florines (unos 6,5 millones de euros de hoy), que luego resultaron ser falsos.
Van Meegeren fue detenido el 29 de agosto de 1945, bajo acusación de colaboración y complicidad con el enemigo, en un país donde Vermeer era considerado un icono sagrado del patrimonio artístico del país. Él mismo agravó su situación alegando que había comprado el cuadro a un marchante italiano. Pero cuando el fiscal le amenazó con la pena de muerte, confesó rápidamente que, en realidad, el Vermeer lo había pintado él mismo. El tribunal sospecho que aquella confesión sólo era un intento a la desesperada para salvar la vida, sobre todo cuando los expertos norteamericanos y holandeses habían certificado que el cuadro era auténtico.
Falsificando desde la cárcel
«Fui arrastrado por el propio proceso de pintar imitaciones, era algo muy hermoso»
Con ésta, su última pintura, Van Meegeren salvó la vida. La fiscalía levantó los cargos punibles con la pena capital, aunque mantuvo los de falsificación y fraude basándose en el descubrimiento de otras obras de grandes maestros elaboradas por él, que en el juicio alegó que había sido arrastrado «por el propio proceso de pintar imitaciones, era algo muy hermoso» y que no se guiaba «por el impulso de hacer imitaciones, sino por el de dar la mejor utilidad a una técnica que había desarrollado».
Van Meegeren fue sentenciado finalmente a un año de prisión, más la confiscación de todas sus obras de arte y propiedades inmuebles, entre las que había nada menos que 52 fincas en Laren, 15 casas de campo en los alrededores y varios clubes nocturnos. Dos semanas después fallecía de un ataque al corazón y lejos de ser enterrado como un delincuente, lo cierto es que su funeral fue multitudinario: toda Ámsterdam quería homenajear al artista que había engañado a los nazis.











