Estudió arquitectura, pero no la ha ejercido jamás: «Estoy vinculado a este mundo pero de manera tangencial», explica: «No he construido nunca. Y el AutoCAD lo desinstalé hace años de mi ordenador. Me he dedicado más a estar en grupos de investigación. Trabajé en la revista Neutra, del Colegio de Arquitectos de Sevilla, donde le dimos a la disciplina un enfoque más de análisis. Presenté la tesina el año pasado y en algún momento realizaré la tesis». Sin embargo, a Jorge Yeregui (Santander, 1975), siempre le ha seducido el paisaje, en todas sus acepciones posibles: «En la carrera, me di cuenta de que me interesaba más la ciudad como espacio de reflexión que como lugar de producción. Entiendo la ciudad como un ámbito cien por cien artificial construido por el hombre. En ella se condensan ciertos reflejos de cómo es la sociedad en cada momento. Porque intervienen factores como el diseño, condicionantes económicos, culturales, estéticos, sociales, medioambientales... Mi trabajo como fotógrafo busca ese tipo de situaciones».
«Paisajes mínimos», en Magda Bellotti condensa sus últimas conclusiones.
En este conjunto, la intuición que siempre precede a mis trabajos se basa en considerar cómo la Naturaleza, en la sociedad contemporánea, tiene un valor simbólico que no tenía antes. La preocupación por el cambio climático, por la sostenibilidad, se extiende a todos los ámbitos de la vida diaria. Y muchos de los ejercicios de la arquitectura vanguardista han incorporando este plus. En un momento se podía pensar que era una cuestión funcional, pero si vas analizando los casos, te das cuenta de que estas iniciativas ecológicas no aporta nada al conjunto, que son cuestiones estéticas. Esos jardines insertos en edificios no solo no suponen un beneficio al inmueble en cuestión, sino que se convierten en una carga. Forman parte de un tramposo juego en el que no basta con ser sostenible: además hay que parecerlo. Muchos de estos proyectos, por tanto, basculan entre la conciencia medioambiental sincera y el green washing. En ese abanico, hay situaciones que yo voy documentando. Y lo hago sin posicionarme.
«Nuestra misión es renovar las maneras de mirar lo que ya conocemos. Eso lo volverá a hacer exótico»
Eso forma parte de las preguntas que yo me hago. Site-Scape se hacía eco de cómo de reprente y en silencio, en los entornos urbanos, la naturaleza comienza a tomar el control de la situación. Me gusta mucho la visión de Gilles Clément que considera que esos entornos son los viveros de la naturaleza del futuro. Por evolución natural, las especies más resistentes son las que recolonizan los espacios. Es como tener un perro de raza y un chucho. Es mucho más resistente el segundo, pero a la gente le gustan los primeros.
¿Qué relectura debemos entonces hacer de lo «exótico» aplicado al paisaje?
El problema de lo exótico es que se tiene que ir superando. El proyecto se plantea la atracción por cosas que antes no estaban en la ciudad. Lo que ocurre es que los mecanismos que rigen hoy facilitan que este paso se realice de forma rapidísima. En la Gâre de Lyon hay un jardín tropical subterráneo, como el de Atocha en Madrid, con el que conviven miles de pasajeros al día. La primera vez que lo ves te parece curioso, pero cuando pasas por allí constantemente, se percibe como algo cotidiano. Además, es que no nos quedan paisajes por descubrir. Tal vez se trate de renovar las maneras de mirar lo que ya conocemos. Eso los volverá a hacer exóticos.
Y como no nos quedan más paisajes, solo podemos esperar a la ruina, un concepto muy recurrente en su obra.
Es cierto, aunque mi visión no es apocalíptica. Tengo mis dudas de que los fallos que ocasiona el progreso se solucionen con más progreso. En un momento habrá que plantearse parar y dar algún paso hacia atrás.
«Tengo mis dudas de que los fallos que ocasiona el progreso se solucionen con más progreso»
Sí. La serie que titulé Pre-ruinas se hacía eco de un conjunto de deseos e ilusiones en forma de viviendas familiares que chocaban con un impedimento, burocrático o económico, y que se frustraban. Y quedaban como templetes a un sueño. Si esto lo cambias de escala, hoy hay muchos proyectos públicos que han acabado en ruinas antes de terminar de construirse. Esa puede ser una buena continuación para mi trabajo.
Comentó antes que no le interesa tomar partido. ¿Es un mero documentalista?
En mi obra hay una parte documental, un deseo de ser objetivo. Mi primera serie, El valor del suelo, la enfrenté de forma muy dramática. La crítica al mercado inmobiliario se hacía a lo bestia. Luego me di cuenta de que esa postura no era práctica, que el recorrido que daba al conjunto era limitado. Por eso he tendido a formas más neutras, pero con la intención de exigirle más al espectador. Por eso el trabajo no solo son las fotos: también lo son los textos; lo son los títulos, que voltean las imágenes; lo son los mapas que las acompañan... Me gusta pensar que mi trabajo va mucho más allá del puro documento, que da pie a la reflexión.
Hubo un cierto boom en torno a la fotografía arquitectónica, que parece que se va disipando. ¿Por qué tenemos que seguir creyendo en ella?
El arte tiene como misión la de ir dándole vueltas a los mismos temas una y otra vez. El del paisaje arquitectónico es uno de ellos. Y lo que antes fue mucho más documental de los Becher en adelante, va dejando de ser tan descriptivo. Eso se consigue introduciendo nuevas capas de información en las imágenes. El entrono urbano es el resultado de un montón de condicionantes. Por ello es fundamental la lectura por capas, articular todos esos condicionantes en el discurso y su lectura. En ese sentido, el trabajo es inagotable, a la manera de tesis visuales. Yo no me limito a hacer una foto bella. El trabajo previo es fundamental, porque es el que da mayor recorrido al proyecto una vez que lo sueltas.
«Me di cuenta de que me interesaba más la ciudad como espacio de reflexión que como lugar de producción»
No soy partidario de la postproducción digital. Creo que en ella se pierde la sinceridad del autor consigo mismo. Cuando hay mucha postproducción, todo eso desaparece. Para muchas de estas imágenes he tenido que buscar un punto de vista concreto, el que a mí me servía para contar lo que quiero. Cuando las he llevado a copiar a los laboratorios me han preguntado si estaban tocadas. Y no es así. Puedes construir imágenes en vez de documentarlas. Sí. Pero, ¿cuentas lo mismo? Yo creo que cuentas algo parecido, pero la pequeña autocrítica o reflexión en lo que es cien por cien inventado no es igual. Yo prefiero mostrar lo que es reflejo de una situación.
¿Y ahora?
Hay un par de pequeños proyectos con los que podría cerrar temporalmente el tema naturaleza-ciudad-arquitectura-sociedad, y creo que ya podría centrarme en otras cuestiones de transformación urbana, motivadas por este tipo de hiper-arquitecturas pensadas como una especie de acupuntura, intervenciones puntuales pero muy potentes –y también muy simbólicas– que transforman un barrio o una ciudad entera. Sería como hablar de arquitectura sobre arquitectura.


