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Si Haruki Murakami fuese un superhéroe, la prensa gráfica sería su «kriptonita». Su talón de Aquiles, materializado en forma de maléficos fotógrafos y amenazantes cámaras de televisión. No hay más que recordar la cara de angustia, ese rictus como de estar esperando una revisión en la consulta del proctólogo, con la que recibió cada click durante su última visita a Barcelona para convenir que, en efecto, el japonés tiene alergia a cualquier artefactos moderno que sirva para retratar. Normal que, en su regreso a la ciudad, invitado en esta ocasión para recoger el Premio Internacional Catalunya, el autor de “Kafka en la orilla” haya querido ahorrarse el mal trago de tener que posar ante la prensa gráfica y haya restringido el acceso a la rueda de prensa previa a la ceremonia de entrega del premio. ¿Cámaras? No, gracias. Solo redactores.
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De Oriente a Occidente
Según puede leerse en el acta del jurado, Murakami es digno destinatario de los 80.000 euros con los que está dotado el premio por "la creación de una obra y un universo personal" y por "constituir un puente literario entre Oriente y Occidente". Esto último, sin embargo, no parece tenerlo demasiado claro ni él mismo. “¿Qué es Oriente y qué es Occidente? -se pregunta-. Lo oriental y lo occidental están mezclados, y no es fácil definir qué es una cosa y qué la otra. Yo, por ejemplo, nací en Japón, hablo japonés y como comida japonesa, pero también me gusta el jazz y la literatura occidental. Y supongo que en mi obra no se puede diferenciar lo uno de lo otro. En Japón los jóvenes comen hamburguesas de McDonalds, pero no lo perciben como algo occidental, sino como algo cotidiano”.
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Los rincones oscuros
De lo que no habla el acta del jurado es de esos rincones oscuros que asoman la cabeza en las novelas de Murakami y que hacen trizas los sueños entre escenas brutales y episodios violentamente incómodos. "Personalmente soy amable, tierno y suave. No tiendo a la amargura, pero cuando escribo hay algo que me empuja a relatar estos episodios brutales. No sé por qué, y me siento incómodo, pero tengo que hacerlo. Hay una fuerza que me empuja a hacerlo”, explica.
Son, se supone, las mismas fuerzas sobrenaturales que anidan en su narrativa y que, después de tres décadas y unos cuantos títulos encaramos entre lo más destacado de la literatura contemporánea, le llevan a ver la escritura como algo sumamente placentero. “En el pasado fui el propietario de un club de jazz en Tokio y puedo deciros que eso sí que era duro. Escribir es fácil. Es como una recompensa que me concedo, así que cuando un libro se convierte en best-seller… Mmmm… No sé, simplemente pienso que he tenido mucha suerte”, relata.
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Y a eso, a buscar historias que puedan insuflar coraje y valentía a sus compatriotas, es a lo que se dedicará el propio Murakami en cuanto se recupere del titánico esfuerzo que, asegura, le supuso la creación de la trilogía, "1Q84". "Estoy exhausto y me vacié por dentro, así que a lo mejor hay que esperar un año más", avanza.



