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«¿Totalitario o autoritario? Franco fue por encima de todo un superviviente»

Día 09/12/2013 - 12.01h
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La biografía de la Real Academia de la Historia reavivó en 2011 la polémica en torno a la figura de Franco. Los historiadores llevan años discutiendo cómo catalogar a su régimen

«Un régimen autoritario, pero no totalitario». Así definió Luis Suárez el Franquismo en el Diccionario Biográfico Español editado por la Real Academia de la Historia. Definición que le valió ser vituperado aceradamente. Sin embargo, esta es una disyuntiva que los historiadores reconocen muy compleja y que ha generado un amplio y enjundioso debate entre ellos.

Álvaro Soto, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, cree que «es un debate interminable y circular». Una polémica que ha involucrado a numerosos protagonistas históricos e intelectuales desde la misma Guerra Civil. Soto, gran conocedor del Franquismo, cree que hay otro adjetivo que caracteriza mejor que cualquier otro al Caudillo: «Fue, por encima de todo, un superviviente que adaptó su régimen a las cambiantes circunstancias internacionales para garantizar su continuidad».

Tras la victoria en la guerra, Franco apostó por un proyecto político totalitario, inspirado en las potencias del eje y aconsejado por su cuñado y ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer. Así se percibe, por ejemplo, en la pompa casi imperial que rodea al jefe del Estado o en la ley que en 1939 le confirió «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general» y «de modo permanente las funciones de Gobierno». Aquel primer franquismo se embarcó en una masiva movilización de la población.

Franco, ¿de totalitario a autoritario?

A partir de 1942 todo cambió. Alemania e Italia, con quienes Franco había coqueteado, comenzaron a sufrir fuertes reveses en la guerra. Y en España, mientras se deterioraba la situación económica y administrativa, comenzó a hacerse patente el malestar por la hegemonía falangista en el régimen de algunos sectores de la Iglesia, el Ejército y de círculos monárquicos que aún creían en la posibilidad de la Corona, en la persona de Don Juan de Borbón.

Franco, el «superviviente» del que habla Soto, puso en marcha su hábil juego político para transformar la apariencia del régimen y garantizar su pervivencia. Es ahora cuando Serrano Suñer fue defenestrado y se gira de la solución totalitaria a la autoritaria.

Es quizá este cambio de rumbo en el régimen, explicado por historiadores como Enrique Moradiellos –uno de sugeridos por el ahora crítico Paul Preston para haber realizado la polémica reseña de Franco–, los que han dificultado la definición del Franquismo. Porque, en realidad, han sido muchas y muy diversas las etiquetas que la historiografía ha colgado a un periodo tan largo, complejo y cambiante como el de la dictadura franquista.

«Bonapartismo católico»

Juan José Linz, profesor de la Universidad de Yale, lo incluyó en su taxonomía de «régimen autoritario». Más tarde, Salvador Giner equiparó la España del general Franco a la Portugal de Salazar y la Grecia de los Coroneles, incluyendo estos tres ejemplos en su categoría de «despotismo contemporáneo». Con algo más de inquina, Miguel Oltra calificó al Régimen bajo los extravagantes términos de «bonapartismo católico» o «fascismo frailuno», aludiendo al papel legitimador que un primer momento jugó la Iglesia Católica respecto al «Nuevo Estado». Este sinfín de apelativos se completa con otros como «dictadura constituyente y de desarrollo», de Fernández Carvajal; «dictadura clerical fascista», de Hills; «estructura orgánica sólidamente personalizada», de Zafra; «dictadura ideológica», de Burdeau, y «nacional-catolicismo», de López Aranguren.

El debate académico cogió vuelo tras la muerte del dictador a partir de la publicación de un trabajo de Linz, titulado «Una interpretación de los regímenes autoritarios: el caso de España». A partir de su publicación, investigadores de diferentes tendencias fueron alineándose como partidarios de calificar al Franquismo como totalitario o autoritario. Lo que casi ninguno dudó nunca fue que el general Franco instauró una dictadura. Hubo excepciones, como la de Luis Suárez, que en la extensa biografía del personaje que publicó en 1984 ya decía que «Franco no fue nunca ni presidente ni dictador (…) ejerció sin título de rey las funciones propias de un monarca».

Según Linz, el Franquismo reunía todas las características que el atribuyó a los regímenes autoritarios: un pluralismo limitado, la ausencia de una ideología elaborada y el fomento, más o menos encubierto, de la apatía de la población. En estos regímenes no son frecuentes las multitudinarias muestras de adhesión al líder, pero sí una tolerancia pasiva del mismo.

Obsesiones marxistas

Linz entonces, como Suárez hace un par de años por su entrada en el Diccionario, sufrió enconados ataques. Historiadores marxistas como Manuel Tuñón de Lara lo acusaron de pretender una rehabilitación encubierta del Franquismo e Ignacio Sotelo sostuvo sin reparos que la tesis de Linz era más bien «el franquismo en sociología». Solo el tiempo y el avance de la investigación sosegaron la controversia y hoy son mayoría los autores que aceptan como marco teórico el modelo de Linz y encuadran la España de Franco en el modelo de las dictaduras autoritarias, pero no totalitarias, por lo menos a partir de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. De cualquier modo, parece esta una cuestión imposible de zanjar definitivamente, en la historiografía y en el conjunto de la opinión pública. Decía Marx que «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Ciertos sectores de la sociedad española parecen obsesivamente atrapados por este aserto.

Ríos de tinta sobre el régimen

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