Los universitarios más jóvenes que vivieron el Mayo del 68 acaban de celebrar su sesenta cumpleaños; hasta los 75 años es la franja de la memoria histórica viva de aquella «French revolution» que urgía a la imaginación a tomar el poder y a ser realistas pidiendo lo imposible. Un movimiento estudiantil acompañado por los sindicatos, el PCF y reconocidos intelectuales franceses de izquierda. Daniel Cohn-Bendit, «l’enfant terrible» del momento, escribió en El gran bazar que la oposición a la represión sexual estudiantil estuvo en el origen de una revolución que dejó noqueado al general De Gaulle. Y recordaba que antes de aquel mayo el gurú de la revolución sexual, Herbert Marcuse, solamente había vendido en Francia cuarenta ejemplares de su libro Eros y Civilización, posteriormente indiscutible icono de toda una generación.
Si hubiera que creer mentirijillas, media universidad española estuvo en el Mayo del 68 buscando la playa bajo los adoquines, aunque pocos anduvieran por el Boulevard Sant Mitchel ni conocieran a Dani el Rojo ni a Rudy Dutschke ni se amigaran con Jean Paul Sartre. Ni siquiera sospechaban que aquel mayo-junio del 68 pasaría a la historia de las revoluciones fallidas y terminaría siendo un lejano referente de la «Spanish revolution» de ahora, la nueva acracia juvenil, asamblearia y deliberativa, con eslóganes menos poéticos —«Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir», «El pueblo organizado funciona sin Estado»— que acampa en la Puerta del Sol, se quiere extender por los barrios y cuyo indignado despertar se ha extendido por todo el Globo en brazos de internet. Nada que objetar, salvo el hastío. Porque una mala gestión en hallar una salida beneficiosa al movimiento de protesta puede terminar trocando el entusiasta apoyo colectivo inicial en hartazgo, en frustración y consiguientemente en la «cruel melancolía» tan denostada por Pablo Neruda en su Canto General.



