Cuenta el comisario de ComicKultur, Emilio Gonzalo, que todo comenzó cuando el Instituto Goethe propuso que el cómic alemán estuviera presente en la cita madrileña. A partir de ahí, Gonzalo terminó de urdir una muestra que recogiera «el proceso paralelo que se dio en ambos países: allí, con la reunificación y la entrada de nuevas tendencias; aquí, con el grupo que en los 80 empezó a cambiar el cómic». Ese proceso, así como el cómic de las nuevas generaciones, queda sintetizado en la muestra que se puede visitar en el pabellón de la Comunidad de Madrid, en 27 páginas firmadas por autores españoles y alemanes tan variopintos como Carlos Vermut, Paco Roca, Max, Henning Wagenbreth, Anke Fuchtenberger, Ulf K., Reinhard Kleist, Santiago Sequeiros, Isabel Kreitz, Federico del Barrio, Mawil, Raúl...
Minoritario y total
Los paneles del pabellón también incluyen algunos datos: los cómics suponen solo el 1,4% del volumen total de edición en España. Tanto Gonzalo como los historietistas Federico del Barrio, Raúl (firma así, y se apellida Fernández Calleja) y Santiago Sequeiros están de acuerdo en que es un arte minoritario, y llamado a serlo incluso más con el paso del tiempo. Un mundo reducido (Gonzalo no cifra en más de dos centenares el número de historietistas que hay en España) pero con la vocación de alcanzar a todo tipo de públicos, «igual que sucede», dice Raúl, «en países como Francia: aunque sea un “Astérix”, da igual.No hay cultura del cómic en España. Y los chavales ya no quieren un TBO, quieren una consola». Pero a pesar de la dura constatación de que han ido a elegir un arte del que es difícil comer, coinciden: «Cuando empiezas», verbaliza Sequeiros, «no te lo quitas de encima». Conciben una historia y deciden plasmarla sobre un arte híbrido, «que son dos al mismo tiempo: el dibujo es un arte en sí mismo y la escritura, otro», explica en esta ocasión Del Barrio. Un arte que traspasa los márgenes de las propias viñetas para instalarse en la composición de las páginas, en la calidad del papel, en el formato de la edición...
«Por eso», explica Gonzalo, que preside la Asociación Española Amigos del Cómic, «el libro digital no es una amenaza para nosotros: al contrario, es una ayuda, y contribuirá a que se lea a más autores. Eso sí, todavía no se ha encontrado la manera de volcar el cómic en digital: no se pueden leer en pantalla sin perder la perspectiva completa, y viñeta por viñeta pierden todo el contexto». Añade: «Por ejemplo, yo soy un ávido coleccionista de folletines del siglo XIX, de primeras ediciones de Dumas, de Salgari. ¿De qué me sirve una edición digital y ultramoderna si no puedo tenerlos, tocarlos?»
Papel caballo mate
Los tres dibujantes dedicaron la mañana de ayer (Raúl con pinceles en ristre) a dedicar dibujos que elaboraban sobre la marcha para los visitantes, hasta 45 minutos largos más de la hora prevista. El goteo era constante; y por la tarde, Carla Berrocal continuaba con la elaboración de un «cadáver exquisito». También habrá más actividades: una mesa redonda el próximo sábado, el Café del Cómic, con Ulf K., Jesús Moreno, Iñaki Miranda y Borja Crespo; un monólogo el viernes 10...
De pronto, los dibujantes se ponen a hablar de papeles: «Papel caballo mate, siempre », dice Raúl. Son meticulosos en la concepción de sus obras aunque alguno destile más barullo, más lío encerrado en sus viñetas que los demás: «No hay escuelas», dice Del Barrio. «Algunos escriben todo el texto y luego lo convierten en un cómic; otros se hacen un "storyboard".. Lo bonito es que cuando te pones a dibujar, todo cambia, se adapta». Y así acumulan «folios, y folios, y folios de los que al final usas un porcentaje pequeñísimo».
Otras historias
El cómic tiene sus orígenes en el siglo XIX; unos orígenes que, lejos de ser arte por sí mismo, iban ligados a su hogar natural: los periódicos. Raúl lo explica: «Antes de que el cine abandonara sus planos teatrales y estáticos, Winsor McCay ya estaba reinventándolos con un lenguaje propio en “Little Nemo”, en 1905. Entonces el cómic podía dar otro punto de vista; luego los directores de periódicos vieron que lo que triunfaba era la tele y cambió todo». Y más que cambiará: entre tanto, ellos siguen amontonando historias. Y dibujos.


