Rüdiger Safranski es alemán, filósofo y divulgador. Es decir, ha acometido una tarea que se antoja hercúlea: poner voz y cara a una materia de apariencia tan árida como es la filosofía, y llevarla a todo el mundo. Invitar, en definitiva, a reflexionar: hoy participa en la inauguración de la Feria del Libro de Madrid como representante del país invitado en esta edición.
–Ha escrito sobre Schiller, sobre Goethe, sobre Schopenhauer... ¿Los filósofos necesitan ser explicados o contextualizados?
–Ambas cosas. Es necesario comentar, analizar y dotar de context a sus ideas; pero también es muy importante reflejar nuestras inquietudes en ellos. Toda la historia de la filosodía se basa en la interpretación, a fin de cuentas.
–En ese sentido, las ideas más fértiles de la filosofía han nacido de la conversación, del diálogo: ¿En qué lugar deja eso al libro?
–(Sonríe) Platón dijo que en el momento en el que llega el libro, la filosofía desaparece. Pero yo no iría tan lejos: simplemente diré que la filosofía se hace más viva si está imbuida de conversación. Así todo hay muchos tipos de filósofos: Wittgenstein es diálogo y Heidegger es monólogo.
–¿Dialogan lo suficiente los jóvenes, y reflexionan en la dirección adecuada?
–Es muy difícil ser original hoy en día. El desarrollo de la tecnología y la dispersión de un mensaje en todas direcciones han hecho del movimiento en bandada algo mucho más cómodo para los jóvenes. Dejar de desplazarse en grupo es más difícil.
–¿Todavía es posible, entonces, desarrollar la filosofía como acto intelectual individual?
–Simplemente es un reto mayor. Porque el abanico de puntos en los que fijarse es tan amplio que resulta más complicado elegir uno concreto, pero es positivo que se dé la sensación básica de que todo existe, de que todo está ahí y al alcance de la mano y, sobre ello, se pueden construir variaciones.
–Es inevitable preguntarle a usted, que ha asociado el Romanticismo con los movimientos antisistema, por lo que ahora mismo está ocurriendo aquí, a pocos metros, en la Puerta del Sol.
–Se produce un efecto romántico en la rebeldía. No conozco lo suficiente los detalles de las protestas como para opinar, pero desde luego que el Romanticismo resurgió en mayo del 68 con esa fantasía en los rebeldes.
–Si el Romanticismo que hemos heredado se ha aposentado en el fondo, ¿dónde ha quedado su cara estética, la pasión, el tremendismo incluso del siglo XIX?
–Podría decirse que eso se debe a que el Romanticismo se ha «quemado», en el sentido de que ya no es tan inocente y está más reflexionado. Entonces, en el siglo XIX, estaban convencidos de que estaban reinventando el mundo; ahora lo hemos reiventado tantas veces que esos sentimientos han perdido la frescura.
–¿Cómo llevar la filosofía a pie de calle? ¿Por dónde empezamos para utilizarla de forma cotidiana?
–No hay que apartar el acto de pensar a un ámbito profesional, sino dejarlo en lo cotidiano. Hay muchas situaciones cotidianas, muchas preguntas que nos hacemos que encierran filosofía. Solo es necesario tomar conciencia de ellas para tomar la distancia adecuada y, entonces, quizás queramos saber lo que pensaron otros antes que nosotros. ¿Mal de amores? Hay que leer a Spinoza.
–Ahora que Angela Merkel dice que espera a los españoles con los brazos abiertos, ¿con qué se encontrarán los que emigren?
–Recibir españoles nunca sería un problema; somos pueblos cercanos. Todos los países tienen una lista de vecinos preferidos, y España está de los altos en la lista alemana. Las grandes potencias se vuelven mucho más afables cuando se hacen mayores, como le ocurrió a Inglaterra y a España. Alemania lo intentó, aunque por suerte no le salió bien.
–Y ¿qué espera llevarse usted de España tras esta visita, qué espera encontrar?
–Si le soy sincero, me gustaría más bien saber lo contrario. ¿Qué les gusta y les atrae a ustedes de Alemania?



