El primer ministro David Cameron asumió el cargo con el propósito de establecer unas relaciones con EE.UU. que fuesen «sólidas» pero no «serviles». Aquello era una alusión no muy sutil al supuesto complejo de perro faldero de su predecesor, Tony Blair. Ahora que el presidente Obama llega a Londres en visita de Estado, yo diría que el equipo de Cameron puede declarar la misión cumplida.
Ha habido poco servilismo británico en la guerra y en la paz. El apoyo diplomático a la intervención en Libia provino principalmente de Gran Bretaña y Francia, mientras que a Obama, con razón, le inquietaba un tercer frente militar estadounidense en un país musulmán.
Tras haber visto lo cerca que las fuerzas de Muamar Gadafi estuvieron de Bengasi (las carcasas de los tanques abandonados yacen a tan solo 32 kilómetros al sur de la ciudad), y haber comprendido hasta dónde llega la crueldad de la tiranía maníaca de Gadafi, estoy seguro de que Cameron y el presidente Sarkozy evitaron una masacre.
Pero la operación libia ha estado plagada de dudas. Mi condición para emprenderla era que fuese implacable: no se ha cumplido. Primero se produjo la extraña «entrega del mando» de EE.UU. a la OTAN, como si la OTAN no fuese EE.UU. y los demás. Luego vino la pausa estadounidense en sus misiones de combate. La consecuencia ha sido una misión que a menudo da la impresión de ser poco entusiasta y propensa a la división.
La operación libia ha constituido una conmoción estratégica para Europa. Uno no puede pretender darse aires como Europa y, al mismo tiempo, recortar los presupuestos de defensa hasta el punto de que, a los dos meses de haber emprendido una operación militar, ve que se está quedando sin combustible y munición para los aviones.
Libia ha puesto de manifiesto la capacidad única de EE.UU. para proyectar poder y lo mucho que depende Europa de dicha proyección. No veo a la ciudadanía europea dispuesta a aumentar el gasto en defensa, pero la necesidad está ahí. La falta de servilismo sirve de poco si no se traduce en una aceptación de responsabilidades.
La OTAN, tras haberse implicado, tiene que imponerse en Libia. Imponerse significa que Gadafi se marche en breve. Un punto muerto es una victoria de Gadafi. Su apuesta es que él es capaz de resistir más tiempo del que la OTAN es capaz de seguir unida. Cuanto más se prolongue el punto muerto, más se fracturará Libia y más riesgo habrá de que Libia distorsione la actitud occidental hacia una transformación árabe, cuyo eslogan debería ser: «Es Egipto, estúpido».
La Primavera árabe solo saldrá adelante si el Estado más grande del mundo árabe, que es su corazón cultural y referencia política, puede lograr una transición estable hacia un Gobierno representativo. Libia no puede ser la cola que mueva al perro egipcio.
Por lo tanto, la prueba inmediata de la redefinida relación entre EE. UU. y Gran Bretaña es la capacidad de Obama y Cameron para provocar cambios en Trípoli rápidamente e impedir que el conflicto se encone. Creo que es algo factible. Pero la condición es que no haya más titubeos. El interés estratégico de Europa en la Primavera árabe es inmenso. Si las economías del Norte de África despegan ahora que ya no están al servicio de las familias gobernantes y sus camarillas, disminuirá el flujo de inmigrantes desesperados que llegan a Europa. Pero la UE se ha vuelto a dividir, y Alemania rechaza la misión libia. Una Alemania semiaislacionista ha reducido la estrategia europea a un oxímoron.
Eso, a su vez, ha liberado a Cameron del viejo dilema británico: ¿debe favorecer sus vínculos europeos, o los estadounidenses? Con una UE ausente sin permiso, la respuesta es evidente. Aun así, es absolutamente necesario que el viaje a Europa de Obama sirva para centrar al continente en el alivio de la deuda, los incentivos comerciales, el crédito y la inversión privada en Egipto y más allá. Una condición de la transformación árabe es que la reforma debe equivaler a oportunidad.



