HACÍA tiempo que España no estaba tan de moda. Desde los tiempos de los Nuevos Conquistadores, las empresas españolas que se convirtieron en multinacionales a golpe de privatizaciones en América Latina, la prensa internacional no nos dedicaba tanto espacio. Las razones no son las mismas. La toma de la Puerta del Sol ha despertado un interés desproporcionado y la «spanish revolution» ha eclipsado la auténtica revolución que se produjo el domingo, cuando el Partido Socialista perdió prácticamente todo su poder territorial. Llevo días intentando inútilmente explicar que África no empieza en los Pirineos y que cualquier parecido con el mayo del 68 parisino es pura nostalgia de senectud. Pero hay otra prensa internacional que se ocupa también con devoción impropia de España, quizá porque la partida europea se juega en este estadio. Esta prensa ha especulado ampliamente con las previsibles consecuencias de las elecciones en el necesario proceso de ajuste económico. La opinión mayoritaria es que el presidente Zapatero debería agotar la legislatura y aprobar las reformas que eviten un rescate español y el descarrilamiento del proyecto europeo. Con todo respeto, no hay mayor ciego que quien no quiere ver. No debería haberme sorprendido, pues es la misma ceguera con la que el Banco Central Europeo quiere ignorar la inevitable restructuración de la deuda griega, e irlandesa y portuguesa, apelando a una mezcla adicional de más ayuda y más ajuste, sin reparar en que esa medicina ya ha fracasado y ni el contribuyente europeo ni el de los tres países en cuestión están por la labor de continuar el tratamiento.
Así veo yo las cosas y así se las cuento. El Gobierno ha sido desautorizado clamorosamente en las urnas. El Partido Socialista está sin ideas, sin líder y sin mensaje. Dividido entre los modernos, que quieren reducir la sucesión a un concurso de belleza —unas primarias cuya experiencia es escasa pero desastrosa—, y los realistas, que piden un congreso refundacional para preparar al partido para un largo invierno. La oposición popular se siente fortalecida y dispuesta a asumir sus responsabilidades de gobierno y gestión de la crisis ahora que la salida socialdemócrata ha demostrado su valía. En este escenario, pedir un pacto de Estado es, más que miopía, estupidez.
Perdura una visión mesiánica de la situación española, aquella que confía ciegamente en la palabra del presidente Zapatero de acabar la legislatura y aprobar las reformas. Una visión que parece un cuento de hadas diseñado en aquella factoría de ilusiones a lo Walt Disney que fue en su día el palacio de la Moncloa. Zapatero puede dejar el viernes de ser secretario general. En todo caso, su poder en el partido es perfectamente descriptible. Pensar que en esas condiciones va a ser capaz de aprobar unas reformas duras, impopulares, que lesionen derechos adquiridos y prácticas establecidas como las que necesita la economía española para recuperar la senda de crecimiento y progreso social, es un ejercicio onírico. ¿A quién va a elegir defraudar?, ¿a esos mercados a los que buena parte de su partido califica de especuladores y culpa de la crisis, o a ese electorado perezoso que decía el ministro Blanco y que el domingo se sacudió la modorra para darle una sonora bofetada? Nunca dejaré de sorprenderme por la ingenuidad de algunos observadores internacionales y de muchos ricos y famosos. No me extraña que tengan debilidad por el presidente Zapatero: padecen su mismo síndrome de negación de la realidad.


