SE cumplieron las previsiones. Unas elecciones municipales y autonómicas planteadas como un plebiscito sobre la gestión calamitosa de Zapatero, convertido en una rémora para sus propios conmilitones, no podían deparar otros resultados. Y a partir de hoy, ¿qué harán los socialistas con Zapatero? Durante la campaña electoral lo han ocultado en el trastero, como si se tratase de una enfermedad venérea o una abuelita gagá; pero a partir de ahora tendrá que seguir gobernando, a modo de ectoplasma o espantapájaros, ahuyentando votos cada vez que abra la boca, mientras la tripulación se le amotina, acongojada por la expectativa del próximo descalabro. Será un espectáculo patético —y muy expresivo de la miseria humana— ver a quienes durante siete años han rendido pleitesía al líder, ocupando cargos de su más estricta confianza, a menudo incluso aupados por Zapatero desde la insignificancia a las más altas magistraturas del Estado, haciéndose los longuis y negando al hombre que los encumbró o sostuvo, como si de un apestado se tratara.
Sospecho que el sucesor de Zapatero, después de este «prólogo de cosas maravillosas» (Chacón dixit) que acabamos de presenciar, tratará de incluir en su programa electoral algunas de las reivindicaciones que salgan de la acampada de la Puerta del Sol, en un aspaviento desesperado por allegar un voto que en estas elecciones se ha recluido en el silencio enojado o desviado hacia las candidaturas de Izquierda Unida. La maniobra, desde luego, es grotesca y un punto desquiciada; pero la izquierda española ha alcanzado ese grado de desvergüenza torera que le permite estas piruetas sobre el vacío. Los socialistas tratarán de vertebrar una suerte de Frente Popular, que mezcle las incitaciones al voto útil con una radicalización de las consignas; y, por supuesto, pintará la posible llegada de la derecha al poder con los chafarrinones más gruesos, tratando de infundir el miedo entre las clases populares. Parece improbable que la estrategia les funcione; pero, desde luego, auguro a un Partido Popular vencedor en las elecciones del próximo año una legislatura irrespirable, erizada de tensiones callejeras y movilizaciones sindicales a mansalva.
La derecha ha cosechado unos resultados opíparos, sólo empañados por la lamentable escisión asturiana. Incluso en aquellos municipios y comunidades en que las alianzas marrulleras y los pactos de conveniencia la desplacen del poder su ascenso es irrefutable y palmario; y ese ascenso la obligará a arrostrar la bancarrota de municipios y comunidades autónomas, diferida hasta hoy por razones electoreras. Como siempre ocurre, a la derecha le tocará bregar con un desaguisado económico, que es el papel que se le asignado en la partitocracia española; y como esta vez el desaguisado se augura descomunal, su brega será sufrida y tormentosa, con los socialistas tratando de presentarlos, por todo el morro, como sacamantecas que exprimen a la clase trabajadora.
Los batasunos irrumpen con pujanza amedrentadora, tras el regalito de ese apéndice gubernativo llamado pomposamente Tribunal Constitucional; y, por supuesto, los socialistas tratarán de cobrarse el regalito con una declaración ambigua de los terroristas que pueda presentarse a los que deseen ser engañados como una «disolución» de la banda. Esta es la baza última que los socialistas se guardan en la manga; una baza acongojante y tristísima, pero los animales heridos siempre mueren matando.


