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La extraña muerte de Wanjiru

La Policía keniana investiga la caída desde un balcón del campeón de maratón en Pekín'08

Día 17/05/2011

Convertido en héroe accidental del Olimpo, el destino de Samuel Wanjiru (24) siempre estuvo ligado a la tragedia. Y su muerte, ayer, no iba a ser una excepción. Mientras los vecinos de Nyahururu (Kenia) aseguran que el campeón olímpico de maratón se arrojó al vacío desde un balcón tras ser sorprendido por su mujer gozando de placeres carnales (ajenos), la Policía no descarta un asesinato.

Poco importa ya. Quienes tuvimos el simple placer periodístico de cruzar algunas palabras con él, apenas vislumbrábamos otro destino. Y menos aún, alejado de las entrañas de su ahora monumento funerario, decorado al más particular estilo «kitsch» (keniano, a más inri). En los últimos años Wanjiru había expoliado su fortuna en ahogar sus fantasmas interiores entre los muros de su vivienda.

En sus más recientes conversaciones, el campeón olímpico de Pekín 2008 —quien hace tan solo dos años lograra una marca de 2:05:10 en el maratón de Londres— se vanagloriaba con el mismo aprecio de sus muebles estilo rococó que de sus títulos deportivos. Precisamente, bajo estos muros, en diciembre el maratoniano —en evidente estado de embriaguez— amenazaba presuntamente a su mujer con un rifle AK 47 (sin licencia). Y entre estos muros, ayer, ponía fin a su última carrera.

Deportivamente estaba muerto desde hace meses. Tras sufrir un accidente de coche (algunos aseguran que fingido), recientemente, Wanjiru había abandonado su ritmo de entrenamientos y su participación en Londres 2012 era más que una incógnita. Poco quedaba de aquel joven que, con 15 años, viajó a Japón para impulsar su carrera. O de aquel discípulo adelantado del mítico entrenador japonés Koichi Morishita. Sin embargo, que nadie intente vislumbrar un «seppuku» en su destino final. Su muerte está alejada de toda gloria.

Un descenso a los infiernos que contrasta con el de su compañera de entrenamiento, Pamela Jelimo, campeona de los 800 metros lisos. De timidez casi enfermiza, tras regresar de Pekín 2008, la medallista decidió retomar su cargo como contable en la Policía keniana por apenas 100 dólares mensuales. Unos meses después, lograba un millón de dólares gracias a su victoria en la Golden League.

Con el premio, tan solo quiso adjudicarse un pequeño lujo: un televisor de plasma de 42 pulgadas. Y ayer, desde ella, quizá vislumbrara la muerte de su compañero de fatigas.

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