Es probable que, de toda España, las únicas banderas que no estuvieran izadas a media asta se encontraran en Lorca: el terremoto había podado las columnas exteriores del instituto Ramón Arcas Meca y a su alrededor se esparcían amenazadores cascotes, igual que en tantos otros edificios oficiales en los que no parecía recomendable entrar. Es la broma cruel, los detalles del desastre que, en las noches siguientes al terremoto, habían convertido Lorca en una ciudad fantasma.
Pocas cosas cortan, de madrugada, el silencio en las calles aledañas a la avenida Juan Carlos I: operarios demoliendo una estructura demasiado dañada; un vehículo militar, de la Policía o de la Guardia Civil; un grupo de agentes patrullando a pie... Pero ni un alma, ni una luz en las ventanas más que las que no pudieron apagarse antes de dejar el apartamento de turno.
De la pequeña garita que controla el acceso a un aparcamiento al aire libre (están todos repletos de gente durmiendo, o fumando taciturna con la radio encendida) sale el zumbido de un microondas. Dentro, frente a un taco de vales de acceso, se encuentra Antonio, que explica con resignación taimada: «Bueno, hay que trabajar». No obstante, el edificio que está detrás de su garita tiene el indicador rojo en la fachada (daños estructurales) y el que se encuentra al otro lado de la calle, el negro (riesgo de desplome). Él alza los hombros de nuevo y dice: «No creo que se derrumbe». Y añade: «Saldremos de esta, seguro».
El auténtico hormigueo nocturno se concentra en torno a los campamentos. A orillas del Segura, sólo iluminadas por tenues farolas y los faros de los camiones de la UME, deambulan sombras envueltas en toscas mantas. Pasa de las dos de la madrugada y, aunque los termómetros marcan una temperatura de 17 grados, la brisa empieza a hacer mella. La mayoría de los que piden cobijo son inmigrantes, con niños. Los que han perdido la esperanza de acceder a una de las tiendas corretean para espantar el frío mientras buscan un rincón, en general en un parque, en el que dormir un poco.
Montón de escombros
A esa sensación de que el tiempo se ha detenido no sólo contribuyen los negocios a medio cerrar o el silencio. También un montón de escombros bajo una señal que prohibe jugar a la pelota (¿quién iba a ponerse a jugar a la pelota?); un cartel de «Se alquila» que ha resistido en un bajo comercial ruinoso; un hombre, en chándal, durmiendo en un coche de gama alta; un escrupuloso semáforo que informa de que se puede cruzar de una acera anegada de cascotes a otra que esta en igual estado en 24 segundos.
A medida que avanza la mañana, parece que los vecinos empiezan a adquirir cierta distancia con el terremoto, que van perdiéndole el miedo a transitar más cerca de las aceras. Una joven espera para cruzar apoyada en un semáforo. Entonces su novio lo hace temblar, y ella brinca asustada. Le mira, y le reprende: la broma no le ha hecho gracia.



