La crónica de ayer casi podía servir: toros bien presentados pero sosos, flojos, mansos, parados, sin emoción alguna; toreros sólo discretos y que, además, matan mal.
Ha sido tan aburrida la tarde que ha dado ocasión a tertulias, meriendas y hasta una torpe imitación de unos versos esperpénticos de Valle-Inclán: «El toro moderno / aburre a conciencia, / es soso, mansea, / se para, flaquea, / se cae, se deja, / problemas no crea / y se acaba todo / sin que pase ná».
Sin bromas. Nos hemos acostumbrado a un tipo de toro que —dicen los taurinos— «se deja»: no plantea grandes problemas ni permite triunfos importantes. Es soso, flojo, noble. No es necesario doblegarlo. Con este toro, ha desaparecido el toreo a una mano de los peones, se reducen al mínimo las varas, murieron los quites. En cambio, permite faenas largas, de escaso relieve; si no se mata pronto (como sea: a la mayoría le da igual), cae el aviso. Hemos logrado casi un toro y una faena «robot»: no hay fuerza, ni emoción, ni, en las Plazas exigentes, entusiasmo. ¿Qué suele demostrar el matador? Cierto temple para mantener en pie al toro, cierta estética para componer la figura...
No crean que exagero. Detallemos. La afición madrileña sabe hace tiempo que Uceda Leal tiene todas las condiciones para figura, incluido el ser, probablemente, el mejor estoqueador. ¿Por qué no lo ha conseguido? Le ha faltado —supongo— continuidad en el empeño y carácter. Lancea con estilo clásico al primero. Apenas toma la primera vara, va al suelo. Pregunta un niño, detrás de mí: «¿Por qué se caen siempre?» La verdad de la inocencia. Uceda muletea por alto, plantado, con buen estilo. Al bajarle la mano, el toro se cae. Tiene muy poca codicia, le deja dar algunos muletazos estimables. Mi vecino lo define con expresión clásica: «La tonta del bote». No cabe la emoción con un toro así... que resultará ser el mejor de la tarde. Y Uceda tarda en matar.
A la altura del cuarto, veleto, huido, la tarde ya cayó en barrena. Lo colocan mal y lo pican mal. El concepto deUceda es bueno pero falta toro, no hay emoción; además, le engancha la muleta y no está acertado con los aceros.
El primero de Abellán flaquea mucho, casi sin picar, pero se mueve, muy suelto. Lo cita desde el centro, muy firme, aprovechando la inercia de la embestida. El trasteo es ardoroso, ligado. Se queda más corto en los naturales, intenta el arrimón y mata mal.
Al quinto, alto, con pitones, le pegan mucho en tres varas y se queda hecho un marmolillo: ni dándole cachetes embiste... Entrando desde muy lejos, vuelve a matar mal.
El tercero es huido, flojo, de embestida cansina, echa la cara arriba a mitad del muletazo y pone en apuros a Rubén Pinar, que sólo puede mostrar algo de oficio. También mata mal.
El último parece abrir alguna esperanza. Brilla en banderillas Manuel Montoya (como, en el segundo, El Chano). Se mueve pero vuelve al revés, se abre. Lo intenta Pinar con ardor juvenil pero falta acoplamiento, sobran nervios...
Así es la Fiesta que hemos visto estas dos primeras tardes de San Isidro. Así es el toro moderno: ¡y aún dicen los ganaderos que es el más bravo de toda la historia! Así, no vamos a ninguna parte.



