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Princeton impone su ley del silencio

La universidad sigue sin aclarar las razones del fulminante despido del profesor Calvo. Muchos en el campus creen que fue víctima de un injusto linchamiento antes de quitarse la vida

Día 08/05/2011

«Que manden mis cenizas a España y que mi padre no sepa nunca que me suicidé», dejó escrito en una carta de despedida Antonio Calvo, profesor de español en la universidad de Princeton, una de las más prestigiosas de la Ivy League estadounidense, antes de quitarse la vida en su apartamento en el número 127 Oeste de la calle 26, en el barrio neoyorquino de Chelsea, cuatro días después de ser despedido de Princeton por «conducta impropia». Llevaba diez años en Princeton y no los llevaba de cualquier manera, sino entregado en cuerpo y alma a la institución. Al ser despedido a mitad de curso no podría conseguir otro trabajo en Estados Unidos antes de un año. Mucho antes expiraría su visado y se vería obligado a salir del país. Adiós vida. En sentido figurado y en el más literal.

Fuentes próximas a Antonio Calvo nos cuentan que su padre es hombre de edad avanzada y de arraigada fe católica. De ahí el temor del hijo a que su suicidio trascendiera. ¿Explica esto la criticada renuencia de la universidad a informar de los verdaderos motivos de su muerte? ¿Trataban de proteger a la familia? No, porque la familia está que trina y ha criticado públicamente a la presidenta de Princeton (figura equivalente al rector en España), Shirley Thilghman, por despacharles con el mismo comunicado oficial que se ha suministrado a los estudiantes y a la prensa. Ni un mínimo detalle humano. Tanto secretismo sembró la duda de si Antonio Calvo no habría hecho algo terrible. Algo tan ignominioso como para que tanto él como la universidad quisieran llevarse el secreto a la tumba. Calvo estaba pendiente de revisión para prolongar su contrato en Princeton, que ni era fijo ni podía serlo, pues Calvo no pertenecía a la privilegiada casta del tenure track, los docentes mimados por la institución con la permanencia garantizada. Calvo pertenecía a la plebe de los lecturers, siempre en el alero y siempre un tanto despreciados tanto por sus superiores como por algunos estudiantes de doctorado cuya beca está condicionada a dar clases de lengua, pero que lo detestan, y por supuesto detestan a quien les coordina y les exige un mínimo esfuerzo.

Un «juicio» sin defensa

«En una posición como esta ganas muchos enemigos», nos asegura Aránzazu Borrachero, del Queensborough Community College de Nueva York, quien conoció a Antonio Calvo antes de que este consiguiera trabajo en Princeton. Una verdadera hazaña para alguien que venía de la Complutense de Madrid y de la universidad pública neoyorquina. Entonces el proceso de revisión de su contrato, del que tantas cosas dependían, no podía ser más angustioso, más teniendo en cuenta que «cualquiera puede opinar y denunciar, y la víctima de la denuncia no puede defenderse porque muchas veces no sabe de qué se la acusa», según Borrachero.

Pero lo más raro en este caso es que ni siquiera se esperó a concluir el auto de fe. A Calvo le despidieron de repente y de la peor manera. Un guardia de seguridad le echó del despacho, le reclamó las llaves y le acompañó a la salida del hermoso campus lleno de anglicismos arquitectónicos, como es norma de todas las universidades de élite de la Liga de la Hiedra. La idea es que sólo los mejores tienen ahí cabida. La chusma, a la universidad pública.

¿De qué pudo ser acusado Antonio Calvo para que le echaran a patadas del paraíso? Según las normas de Princeton, semejante tipo de despido sólo se justifica con faltas mayores como un desfalco, relaciones sexuales con alumnos, posesión de pornografía infantil, etc. El hecho de que Calvo fuese homosexual, unido al silencio capcioso de la universidad, ha atizado sospechas muy indignas sobre un profesor al que la mayoría de alumnos adoraban y hasta llamaban San Antonio.

Circulan algo más que rumores de que Antonio Calvo podría haber sido acusado de acoso sexual sólo por decirle a un doctorando que «dejara de tocarse las pelotas», expresión diáfana en España, aunque quizás no tanto en Estados Unidos. Y de levantarle la voz y simbólicamente la mano a otra doctoranda que no se distinguía precisamente por su gran amor al trabajo. Tales «faltas» podrían haber sido presentadas de forma torticera por sus enemigos —al frente de los cuales varias fuentes sitúan a la jefa de su departamento, Gabriela Nouzeilles—, aprovechando que el profesor era un blanco perfecto para el bullying.

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