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Dos tiros acabaron con el asesino

Tras varios interrogatorios en Guantánamo, se dio con el nombre del emisario que conduciría al escondite de Osama. En el asalto el terrorista no iba armado, pero «opuso resistencia»

Día 04/05/2011
Dos tiros acabaron con el asesino
 

Un tiro le dio en el pecho, otro en la frente, por encima del ojo izquierdo. «Hemos alcanzado nuestro objetivo», se escuchó en la sala de la Casa Blanca donde se seguía en directo, con el aliento contenido y los nervios tensos, la intervención de los Navy Seals a miles de kilómetros de distancia. «Tenemos una imagen de Geronimo», se oyó después de que el comando tomara una fotografía del hombre tendido en el suelo, vestido con el tradicional «shalwar kameez» (pantalón ancho y camisa larga), para introducirla en un programa de reconocimiento facial. Pasaron unos minutos eternos a la espera del veredicto, que fue concluyente: «Geronimo, EKIA» (siglas inglesas para «enemigo muerto en acción»). En la Casa Blanca se hizo el silencio, roto finalmente por el presidente: «Lo cazamos».

Los detalles de la arriesgada operación en Abbottabad, realizada por un comando de 79 estadounidenses desplazados en cuatro helicópteros, comienzan a aflorar, como el nombre en código de Geronimo —el famoso jefe apache a quien tanto le costó capturar al Ejército norteamericano— otorgado a Bin Laden. Es un relato del concienzudo trabajo realizado por la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) para localizar al líder de Al Qaida, y de la angustia con la que desde la Casa Blanca se siguió la intervención, como demuestra el diálogo transcrito al principio, reproducido por «The New York Times».

La película comienza con el primer plano de un Suzuki blanco cerca de Peshawar, en Pakistán. Es julio de 2010, y un agente paquistaní que trabaja para la CIA toma nota de la matrícula del coche. Su conductor es conocido como Abu Ahmed al-Kuwaiti, aunque no es su identidad real. Desde hace años, en los interrogatorios a terroristas en Guantánamo aparece su nombre como un emisario con directo acceso a Bin Laden. La CIA no ha logrado dar con él hasta ahora. La matrícula permite su seguimiento, que lleva a la guarida-fortaleza que ocupa en Abbottabad.

La edificación y las extremas medidas de seguridad levantan de inmediato sospechas. La CIA comienza a trazar la identidad de los ocupantes y sus rutinas. La NSA estudia las fotografías tomadas por satélite e intercepta comunicaciones, aunque es una labor complicada porque la casa no tiene ni línea telefónica ni internet. Y la basura no es sacada fuera para su recolección, sino que es quemada en el patio. Lo que levanta fuertes sospechas. La conclusión, aunque nunca habrá completa certeza hasta el final, es que Bin Laden se esconde allí, ocupando con su familia el último de los tres pisos de la principal edificación. A 53 kilómetros de la capital, Islamabad, lejos de las zonas tribales montañosas donde se suponía que podía tener el escondrijo, y a solo trescientos metros de distancia de una academia militar, Bin Laden se está escondiendo «a la vista», como ha dicho la Casa Blanca. Lo que siembra dudas sobre la posible connivencia de miembros de la jerarquía militar o política de Pakistán, y obliga a mantener en completo secreto el preparativo de la operación.

El pasado mes de febrero, el director de la CIA, Leon Panetta, encarga el plan de ataque. Sobre la mesa aparecen tres opciones: el asalto de un comando utilizando helicópteros; un bombardeo con aviones B-2, y una acción conjunta con unidades paquistaníes, a las que se informaría pocas horas antes.

La última opción queda descartada, pues la detención de un agente de la CIA en Pakistán, acusado de matar a dos personas, provoca una crisis diplomática que complica la colaboración. El bombardeo, por el que al principio se inclina el secretario de Defensa, Robert Gates, parece inviable, pues para destruir el complejo habría que arrojar 32 bombas de 1.000 kilos cada una. Además no habría certeza de que se ha matado a Bin Laden.

La alternativa del ataque con helicópteros es la más arriesgada. Los negativos precedentes del frustrado intento de rescate de rehenes en Irán en 1980 y el derribo de dos aparatos en Somalia en 1993 hacen temer un fiasco que sepultaría las perspectivas electorales de Obama y hundiría el prestigio de la CIA y del Ejército estadounidense. El viernes 29 de abril, el presidente anuncia su decisión y se pone en marcha la ejecución del asalto, ya ensayado por miembros de las fuerzas especiales con modelos que reproducían la residencia de Abbottabad.

Despegue desde Afganistán

El domingo, desde la base afgana de Jalalabad, despegan cuatro helicópteros, dos para el asalto y los otros dos de apoyo. Cuentan incluso que en Afganistán las tropas especiales se habían entrenado en el asalto de un edificio de características similares al escondite de Osama. Poco antes de la 1 de la madrugada irrumpen en la casa. Localizan a Bin Laden en el último piso. Algunas versiones aseguran que no esgrime ningún arma, pero ofrece resistencia, por lo que es disparado. Su mujer confirma su identidad. La fotografía de su rostro ofrece un 95% de certeza. Luego una prueba de ADN es concluyente en un 99,9%.

En la intervención muere un hijo de Bin Laden, el emisario que regentaba la casa y su hermano, y una mujer. Sus cadáveres y el resto de residentes —nueve niños y varias mujeres— quedan atrás mientras el comando procede a la explosión de un helicóptero que se ha averiado. Grave peligro al final de la operación, cuando unidades paquistaníes se aproximan a la casa, sin saber quien está atacando. Los agentes, con el cuerpo de Bin Landen, regresan a Afganistán y de allí un avión lleva el cadáver al portaaeronaves Carl Vinson, desde donde es arrojado al mar de Arabia. La operación no queda ahí, ahora los servicios de inteligencia estudian el contenido de ordenadores y otros dispositivos de los que se apropiaron en Abbottabad. «¿Se imaginan lo que puede haber en el disco duro de Bin Laden?», se pregunta la CIA.

CORRESPONSAL EN WASHINGTON

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