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El misterio de los chinos en España

Están por todo el país, pero los españoles saben muy poco de ellos. Adictos al trabajo, viven ajenos a leyendas como la de que no se sabe qué ocurre con sus cuerpos cuando mueren. ¿Cómo son de verdad los chinos en España?

Día 04/05/2011 - 03.16h
VÍDEO: G. F. OLIVEIRA / FOTO: IGNACIO GIL

Están por toda España, pero es poco lo que los españoles saben de ellos. Casi nadie sabe de dónde vinieron. Son los chinos residentes en España. Un colectivo numeroso y visible, que copa gran parte del pequeño comercio del país. Pero también, unos grandes desconocidos para los españoles.

Sobre los chinos circulan muchos tópicos, algunos con cierta base real, otros fruto de las más extravagantes invenciones. Es verdad que trabajan mucho, muchísimo. No lo es que no se registran defunciones de ciudadanos chinos en España. Los chinos se mueren, como todo el mundo, y sus restos no se reutilizan para elaborar platos de chop suey en restaurantes chinos de barrio como afirma la leyenda urbana. «Lo que sucede es que los chinos en España son una población joven, por eso hay pocas muertes. Además, muchos se entierran en China». Así explica esta absurda creencia el profesor Joaquín Beltrán, experto en Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Barcelona. Tópicos espurios como este son consecuencia del desconocimiento.

Llegaron con la República

Hay tiendas chinas de comestibles en todas las ciudades españolas, pero esta presencia comercial no se traduce en familiaridad en su trato con los españoles. Rara vez las conversaciones van más allá de un «tenéis cerveza fría» o «me llevo un cartón de leche». Sin embargo, los chinos no son unos recién llegados. El profesor Beltrán, que lo ha estudiado, dice que los primeros contingentes de inmigrantes chinos llegaron a España en los ya lejanos tiempos de la Segunda República. A partir de la década de 1970, y en paralelo al desarrollo económico del país, se produjeron nuevas llegadas. El Instituto Nacional de Estadística calcula que en 2011 son más de 166.000 los chinos residentes en España, siendo además una de las comunidades foráneas que más ha incrementado su presencia en el territorio nacional en el último año.

España debe tener muchos atractivos para los chinos, porque a pesar de que, como casi todos los inmigrantes, lo que buscan cuando abandonan su país de origen son oportunidades económicas, la crisis que azota a España con mayor dureza que a otros países europeos, no ha impedido que la afluencia de chinos siga incrementándose. Con todo, según cuenta el profesor Beltrán, «el Estado español ya no es un destino preferente para ellos». La locomotora española ya no tira. Lejos queda la década de 1990, en la que, según recuerda este mismo profesor, España fue el segundo receptor de inmigrantes del mundo, solo superada por los Estados Unidos.

La pujanza de la presencia china en España es visible en muchos aspectos. Mientras Zapatero visita Pekín en busca de capital para las maltrechas cajas de ahorro españolas, las calles españolas se llenan de pequeños comercios chinos. El barrio de Lavapiés, en Madrid, o la zona del Arco del Triunfo en Barcelona, son ejemplos de cómo este tipo de negocios están ocupando el lugar del pequeño comercio tradicional autóctono. Es en España, en concreto en la localidad de Fuenlabrada, en el cinturón industrial del área metropolitana de Madrid, donde se ubica el mayor punto de concentración de empresas dedicadas a la importación y exportación de mercancías chinas de Europa. Se trata del polígono Cobo-Calleja. En sus naves se aprovisionan los vendedores ambulantes que luego se encuentran vendiendo flores de plástico por las calles y se almacenan los artículos, algunos de dudosa utilidad, que luego nutrirán las atiborradas vitrinas de los populares negocios de «todo a un euro». Hay más datos. Según se supo el pasado día 19, de cada tres nuevos trabajadores autónomos extranjeros en España, dos son chinos.

«Nunca se cogen una baja»

José María Jiménez, casado con una ciudadana china, regenta un restaurante chino en Madrid y conoce de primera mano el afán de los trabajadores de esta nacionalidad por evitar el trabajo por cuenta ajena. Ha visto cómo sus empleados chinos trabajaron unos meses para él y en cuanto pudieron montaron sus propios negocios. Para establecer sus pequeñas empresas, cuentan con el apoyo de sus convecinos en sus países de origen. «Le piden dinero a la gente de su pueblo y entre todos juntan una cantidad que, con el paso de los años, el interesado va devolviendo religiosamente», cuenta Jiménez.

Merced a mecanismos de solidaridad colectiva como este, han llegado a España miles de chinos procedentes de una misma zona del inmenso país asiático, convertidos aquí en pequeños emprendedores. Proceden en su inmensa mayoría de una provincia del sur llamada Zhejiang. De allí, en concreto de una población llamada Qintiang, llegó hace 20 años Xiaoua Zheng, una de las empleadas en el restaurante de Jiménez. Ella dice que no encuentra diferencias en su modo de trabajar del de los españoles, pero su empleador sí que las percibe. «Lo primero es que un chino nunca se coge una baja, eso no existe para ellos. Lo segundo es que cuando están recién llegados y no conocen el modo de expresarse de los españoles, se pueden ofender por cosas como que les hables un poco fuerte». Los que los han visto en el tajo dicen que para ellos el trabajo es su absoluta prioridad: «Aquí a alguien que trabajara como ellos se le consideraría un enfermo, en la mentalidad china lo que está mal visto es lo contrario».



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