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Marie Simon-Pierre, el milagro por el que se beatifica a Juan Pablo II

«Al caminar me di cuenta de que mi brazo izquierdo, que estaba como muerto a causa de la enfermedad, comenzaba de nuevo a moverse»

Día 01/05/2011 - 09.02h

El primer acto de la beatificación de Juan Pablo II se abrió con el canto alegre de «Jesus Christ, you are my life» al que siguieron dos testimonios íntimos sobre la vida de Juan Pablo II. Joaquín Navarro-Valls reveló que «se confesaba todas las semanas. A veces, cuando trabajábamos después de cenar, llegaba tarde a la cena porque se estaba confesando». A su vez, el cardenal de Cracovia, Stanislaw Dziwisz, que fue su secretario personal, reveló en el texto completo entregado al programa que «la mayor parte del tiempo que estábamos con él pasaba en silencio porque era lo que él prefería. Estar con Juan Pablo II significaba amar su silencio».

Pero la intervención más esperada era la de la hermana Marie Simon-Pierre, religiosa de las Maternidades Católicas quien, sin haber conocido a Karol Wojtyla en vida tiene una relación especial con la persona que la ayudó desde el cielo y que hoy sube a los altares.

«Empecé a sufrir el parkinson –relato en francés- cuando tenía sólo 40 años, y después de la diagnosis me costaba mucho ver a Juan Pablo II en la televisión, pues me presentaba la imagen de mi propia enfermedad». Cuando murió el Papa, «sentí un gran vacío, la sensación de quien pierde un amigo, una persona querida, alguien que me comprendía».

El parkinson de la hermana Marie avanzaba rápido, y ya no podía conducir ni casi trabajar en la clínica de maternidad. Se le bloqueaba la pierna izquierda y también la mano izquierda, lo cual, siendo zurda, le impedía escribir. El día 2 de junio «fui a ver a la superiora, la hermana Marie Thomas, para pedirle dejar mi tarea, pues estaba agotada, exhausta».

La superiora la escuchó comprensiva, pero le respondió que «Juan Pablo II no ha dicho todavía la última palabra». El 13 de mayo, Benedicto XVI había anunciado la dispensa de la espera del plazo de cinco años desde su muerte para el inicio del proceso de beatificación. La comunidad de hermanas que atendía la maternidad de Aix-en-Provence consideró que hacia falta un milagro y comenzó una novena a Juan Pablo II para pedir la curación de Marie. Pero habían terminado los nueve días y no había sucedido nada.

La hermana Marie relata que la superiora decidió probar de nuevo «y me pidió que escribiese su nombre, a pesar de que yo ya no era capaz de escribir. Como siguió insistiendo, a la tercera escribí el nombre de Juan Pablo II. Ante mi caligrafía, apenas legible, nos quedamos las dos mirando un largo rato y rezando». Eran las cinco de la tarde.

Poco antes de irse a la cama, Marie Simon-Pierre pasó por su oficina. Era alrededor de las nueve y media de la noche. Sintió como una voz interior que le decía «Toma la pluma y escribe…». Con notable sorpresa, descubrió que podía hacerlo. Se fue a la cama y a eso de las cuatro y media se despertó con otra gran sorpresa, la de haber podido dormir.

En ese momento, cuenta «me levanté de un salto y bajé al oratorio para rezar ante el Santísimo Sacramento. Me había invadido una gran paz, una sensación de bienestar. Continué rezando hasta las seis y después me dirigí a la Capilla, que está a unos cincuenta metros. Al caminar me di cuenta de que mi brazo izquierdo, que estaba como muerto a causa de la enfermedad, comenzaba de nuevo a moverse. Al mismo tiempo notaba una ligereza en todo el cuerpo, una agilidad que no experimentaba desde hacia mucho tiempo…».

Su relato era fascinante. Era el de una persona que se resiste a creer en lo imposible pero que lo siente ya en su interior: «a la salida de la misa estaba convencida de que me había curado. Mi mano izquierda había dejado de temblar y mi rostro había cambiado. Vuelvo a escribir de nuevo y al mediodía abandono de golpe toda la terapia».

El 7 de junio se fue al neurólogo que la cuidaba desde hacia cuatro años y que, al verla moverse con soltura, le preguntó un poco enfadado si había doblado la dosis de dopamina. El médico escucha, «constata con estupor la desaparición completa de los síntomas clínicos, y no logra comprender mi estado después cinco días de no tomar ningún medicamento».

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