El entrenador del Real Madrid ha conseguido hacer realidad un lema: un partido de fútbol es una cosa que sucede entre dos ruedas de prensa de Mourinho. El portugués juega el clásico desde hace cuatro días. Desde el minuto posterior a la eliminación del Tottenham. En Londres comenzó a calentar el ambiente. Manifestó que la clave para triunfar ante el Barcelona en estos cuatro partidos decisivos era terminarlos con once hombres, porque el rival suele jugar en superioridad numérica «demasiadas veces». Ayer, el técnico dio otro golpe teatral a su estrategia de desviar el foco del equipo, protegerle y atraer toda la atención hacia su persona. Piensa que los partidos se disputan desde la rueda de prensa previa. Y es verdad que cumple la norma. El club anunció que Aitor Karanka sería el entrenador que hablaría ante los periodistas. La mayoría de los informadores españoles expresaron que se marcharían de la sala si el responsable del equipo no era el interlocutor. El luso dio otro golpe de efecto: se sentó junto a Karanka. Y no habló. Veinte periodistas se fueron. Casi no se habló de fútbol. Quizá lo que Mourinho deseaba. Escondió todas su cartas.
Aitor defendió a su inmediato superior y aprovechó la situación para atacar el comportamiento del Barcelona: «Siempre que habla Mourinho se sobredimensiona todo y no hemos sido nosotros los que nos hemos salido de tono». Era una referencia al 5-0 pronosticado por Sandro Rosell, presidente barcelonista. Y argumentó una de las quejas perennes de su jefe: «Volvemos a tener un día menos de descanso que el rival».
Lo que hizo el portugués fue jugar al gato y al ratón. No con los periodistas, sino con Guardiola. La función empezó en el césped. Ensayó un once sin Pepe y sin Di María, con Albiol como central, Arbeloa en el lateral zurdo, Marcelo como interior izquierda y Adebayor en punta. Puede ser otro fuego de artificio para confundir a Pep. Pero la alineación tenía prestancia. Hasta con eso sabe jugar.
El pasillo de mayo de 2008
El teatro de Don José busca un objetivo: acabar con una obsesión. El Real Madrid no gana al eterno enemigo desde el 7 de mayo de 2008. El portugués persigue romper otra barrera psicológica en la casa blanca.
Aquel domingo de 2008, el Barcelona de Rijkaard tuvo que hacer el pasillo al once de Schuster en el Bernabéu, que se había proclamado campeón una semana antes, en Pamplona. Los madridistas golearon a los azulgrana 4-1. Valdés, que ironizaba hace unos días con los triunfos del adversario en blanco y negro, recogió cuatro veces el balón de las redes. Enfrente estaban Casillas, Ramos, Pepe, Marcelo, Gago e Higuaín.
Desde entonces, el club catalán ha festejado cinco triunfos consecutivos. En la temporada 2008-09 venció 2-0 en el Camp Nou y 2-6 en la capital de España. La historia se repitió la pasada campaña: 1-0 en la ciudad condal y 0-2 en Madrid. El 5-0 de la presente Liga alimentó aún más los deseos de revancha. El Real Madrid ataca hoy el fin de una ansiedad.
Casillas, Ramos y todos los protagonistas de aquel 4-1 de 2008 desean dar un vuelco a la historia. Piensan que el Real Madrid está capacitado para derrotar al gran enemigo. Cristiano, que nunca le ha marcado al Barcelona, afirma que «no es un equipo de otro mundo». Admite que siente vértigo: «Es el momento en que podemos ganarlo todo o no ganar nada».
Esa urgencia del club blanco es su propio talón de Aquiles. Florentino Pérez fichó a Mourinho para saber gestionar los tiempos. Hoy ganará o perderá, pero da espectáculo con los gritos del silencio.






