Habrá sido un sacrificio inútil. Como casi todos en política, muy a pesar de las intenciones con las que la víctima expiatoria pretenda inmolarse en el altar de los buenos propósitos por la salvación de su grey. La clientela política no agradece los gestos sino los hechos, tiene muy poca memoria y se desenvuelve en el ámbito más prosaico de sus necesidades inmediatas. Por tanto, sus preferencias electorales se decantarán en una u otra dirección, no por la desaparición de aquel a quien consideran responsable de su infortunio, sino atendiendo al daño causado y a la confianza en una rectificación que le puedan inspirar los eventuales sustitutos. Y en ese terreno, los dos pretendientes más probables no tienen mucho que ofrecer al respetable. Sus nombres, salvo abjuraciones futuras poco imaginables, aparecerán indeleblemente asociados al de su desdichado antecesor.
Es lo que opinan, al menos, los ciudadanos encuestados para ABC. Tres de cada cuatro creen, en efecto, que las consecuencias electorales que puede tener para el PSOE la renuncia de Zapatero a una tercera candidatura son iguales (es decir, bastante malas) o incluso peores. ¿Y qué imaginaban los estrategas de Ferraz y los atribulados barones regionales? El 22 de mayo los españoles votarán por primera vez en unas elecciones de alcance nacional desde el comienzo de la crisis. Será inevitable un juicio sobre las políticas que nos han llevado al borde del abismo, aunque luego se modificaran algunas. Y cualquiera que sea el lugar donde se esconda ahora quien las impulsó contra todo aviso y toda prudencia.
Se entiende, por otra parte, que los españoles dividan sus opiniones sobre la conveniencia de adelantar las elecciones. A estas alturas tal adelanto sería casi irrelevante. La legislatura agoniza hace más de un año. Cualquier otro gobierno habría emprendido las reformas necesarias con más convicción y mayor capacidad de persuasión que Zapatero. No se hizo en su momento y ahora poco importa.


