Los caminos internáuticos son inescrutables. Se lanza un correo electrónico, como el náufrago lanza una botella al océano, como el telegrafista a la vista del torpedo lanza su S.O.S., y al otro lado del mundo alguien sabe de ti, tú sabes de él. Como Pedro, echamos pues la red. La pesca fue inmejorable. Así, dimos, en Córdoba con dos poetas, dos generaciones, pero un verso común, la misma palabra encendida. No crean, no todos los poetas andan como el perro y el gato. Es más, los hay que comparten hasta las presentaciones y los recitales. Incluso el ordenador. Por eso, desde el portátil de Luis García Montero nos llegan las sabias palabras de Joan Margarit. El granadino estrena «Un invierno propio» ( Visor); el leridano hace lo propio con «No estaba lejos, no era difícil» (Visor, edición bilingüe). Hablan en nombre propio, pero con la misma voz, la de la obra recién salida del horno. Huele al pan recién hecho de la poesía.
«Este libro es un equipaje ético para responder a las preguntas que la realidad nos está planteando», explica García Montero. «La crisis no es sólo un problema económico —continúa Luis—. Es la quiebra de valores. El ser humano no puede ser un lobo para el ser humano, hay que buscar también una reivindicación de los sentimientos». Margarit tercia en la conversación improvisada a través del mail: «Los poetas siempre hablan de lo mismo —el amor, la muerte, el dolor, la tristeza, la felicidad, la alegría, la nostalgia, el pasado—. Pero su obligación es darnos el punto de vista de la gente de su tiempo sobre todo ello».
Quizá sea hora de preguntarse y preguntarles si creen que, en algún momento, la poesía estuvo (sobre)cargada de futuro. «Yo creo en la poesía civil—asegura el granadino—. Ahora bien, los vínculos cívicos no pueden confundirse con los panfletos o las consignas. Por encima de la conciencia individual del poeta, no puede aceptarse ningún dogma». Margarit lo resume en tres sílabas que recorren las venas de su libro: «dig-ni-dad»: «Las personas cambian poco. No creo que el que pintó Altamira tuviese un interés muy distinto del nuestro respecto a cuestiones como la dignidad».
El oficio de escribir decía Pavese. Luis García Montero lo dibuja al natural: «A veces hemos confundido la calidad poética con un lenguaje gremial, que habla de cosas que no tienen que ver con la vida de la gente». Joan Margarit apunta un fino trazo: «Un poeta —dice—, como un funcionario municipal o un ingeniero, puede ser un alcohólico, pero lo único que valorará el lector es su sobriedad en el momento de componer aquellos versos que, para él nunca morirán».
Hace años García Montero nos habló de su «Vista cansada». Con las gafas en la mano el poeta se sincera: «Debemos quitarnos las gafas de la rutina, las gafas dogmáticas, hay que buscar la mirada propia, y entonces las gafas son metáfora de la conciencia que quiere seguir observando con honestidad y libertad la realidad». A través de los lentes de Joan Margarit divisamos otra interesante lectura: «El buen poema es una partitura. El lector de poesía no es el oyente del concierto, es como el músico que interpreta esa partitura».
Ya que hemos navegado por las procelosas aguas internáuticas, metámonos de lleno en el torbellino de la red con nuestros líricos cicerones: «Si internet sirve para acabar con el criterio de calidad estética, aportará muy poco a la cultura democrática. ¿Eso es ser elitista? No, es huir del populismo, aunque venga disfrazado de juventud y tecnología. Y, por cierto, los grandes movimientos totalitarios del siglo XX, desde el fascismo al estalinismo, nacieron como una exaltación populista, juvenil y agresiva de la tecnología», concluye García Montero. Margarit se lo toma con experimentada serenidad: «En cuanto a Internet, pienso de nuevo en Altamira. Un cambio serio del interior de las personas, no se preocupe, no será aparatoso...»
Al final, vuelve a quedarnos la palabra, esa, como la de Margarit, que te quema la garganta como el más ardiente de los orujos: «Soy demasiado viejo, he de llorar por todos».









