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La radiación de la central nuclear de Fukushima-1 llega al mar

Detectados rastros de yodo radiactivo y cesio en zonas marinas próximas; alerta en el sector pesquero

Día 23/03/2011

Por tierra, aire y, ahora también, mar. Así se mueve la radiación que está saliendo de la siniestrada central nuclear de Fukushima-1. El Gobierno de Japón va a tomar muestras en el Océano Pacífico tras detectar un considerable aumento de la radiactividad en aguas cercanas a la planta atómica, donde 300 técnicos siguen intentando enfriar los reactores para impedir más explosiones y que se propague la peor nube tóxica desde Chernóbil. La cuestionada compañía que opera la central, Tokio Electric Power Co. (Tepco), reconoció ayer que, en los alrededores de la planta, los niveles de yodo radiactivo exceden hasta 126 veces los límites permitidos en los desagües, mientras que los de cesio 134 son 24 veces superiores y los de cesio 137 hasta 16 veces. Incluso a 16 kilómetros al sur de la central, dichas mediciones rebasan en 16 ocasiones las barreras legales.

Aunque las autoridades siguen insistiendo en que tales cantidades no entrañan ningún peligro para la salud humana, los grupos ecologistas ya han advertido de los daños medioambientales que causará el accidente de Fukushima. Mientras el yodo se diluye al cabo de varios días en el mar, la principal amenaza radica en el cesio, que se acumula en los peces y puede pasar a la cadena alimentaria.

Los «300»

Si en cualquier otro país esto supondría un grave problema de salud, en Japón puede llegar a ser una desgracia nacional, habida cuenta de que el pescado, sobre todo crudo en forma de «sushi» o «sashimi», es uno de los platos fundamentales de su dieta. Amén de uno de los pilares de su economía gracias a su potente flota pesquera y su vasto mercado.

«Debemos controlar concienzudamente la cantidad de radiación que se sigue emitiendo y evaluar su impacto», explicó a la televisión NHK Jun Misono, del Instituto de Investigación de Ecología Marina de Tokio. Tomando buena nota de su consejo, el Ministerio de Ciencia va a tomar muestras en ocho lugares alrededor de la planta de Fukushima, sobre la que parece haber caído una bomba después de las explosiones de la semana pasada que destruyeron parte de las torres donde se ubican los reactores.

Allí continúan dejándose la piel 300 técnicos que, sometidos a dosis de radiación que pueden resultar letales, intentan poner en marcha el sistema eléctrico de refrigeración para bajar la temperatura de los reactores e impedir que sus núcleos se fundan. Según las mediciones tomadas por un equipo de la Asociación Internacional de la Energía Atómica, dependiente de la ONU, la radiactividad a 20 kilómetros de la planta ha llegado a ser 1.600 veces superior a lo que puede tolerar el cuerpo humano.

Esa es la distancia de seguridad que el Gobierno nipón ha establecido como zona de exclusión, pero si una persona pasa 20 días seguidos sometido a tales radiaciones, acabará acumulando 100.000 microsieverts, el límite a partir del cual se desarrolla un cáncer.

«Hemos sufrido un desastre enorme que ha causado un gran daño en la central, a una escala que no habíamos previsto», admitió el subdirector general de la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial, Nishiyama.

Para enfriar los reactores, los bomberos están regándolos con las mangueras de sus camiones autobomba y helicópteros militares han arrojado toneladas de agua del mar. Una medida que, de momento y a pesar de los continuos sobresaltos, se ha mostrado efectiva. Pero otros expertos ya han hecho saltar las dudas al preguntar dónde se está vertiendo esa agua arrojada sobre los reactores, advirtiendo de la radiación que contiene y del riesgo ecológico que entraña devolverla al mar por las tuberías.

Compañía bajo sospecha

Por su parte, la eléctrica propietaria de la planta de Fukushima atribuye la radiación marina a las lluvias de los últimos días. Pero su palabra ofrece poca credibilidad porque, como se ha descubierto, en los últimos tiempos falseó informes de seguridad y ocultó fallos cruciales que podrían haber influido en la gravedad del desastre. En julio de 2007, otro terremoto provocó una fuga radiactiva en la central de Kashiwazaki Kariwa, que es la mayor del mundo y se ubica en la prefectura de Niigata. Al principio, el siniestro fue ocultado por la compañía, que finalmente tuvo que admitir que el escape había causado un vertido al Mar de Japón. Para reforzar su seguridad, Tepco cerró la central durante 21 meses.

Las autoridades están lidiando con el mayor desastre que ha sacudido Japón desde la Segunda Guerra Mundial y no sólo deben atender a los damnificados por el tsunami, sino también parar el escape radiactivo y hacer frente a la propagación de la temida contaminación alimentaria.

Mientras se aclara el alcance de las radiaciones, continúa en el noreste de Japón la dramática situación de casi medio millón de personas que perdieron sus hogares en el tsunami, que se cobró más de 9.000 muertos y 12.000 desaparecidos.

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