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Cultura / LIBROS

Huellas literarias en Japón

La catástrofe se ha ensañado con Japón. Si es cierto que los japoneses construyen para desaparecer, no puede decirse lo mismo de su milenaria literatura

Día 19/03/2011 - 10.44h

Soy un gato, pero todavía no tengo nombre. En su Libro de almohada, escrito hace unos mil años, Sei Shonagon me describe así: «Un día, cerca de la balaustrada, delante de un cortinaje de ceremonia de un color espléndido vi un gato muy bonito con un collar rojo guarnecido con un marbete blanco. Caminaba tirando de un cordón atado a su cuello, que había sido unido a algún objeto para impedir que huyera. ¡Qué encantador!». A pesar de todo escapé. Aparecí frente a los aposentos de la dama Sarashina, que me tomó por la reencarnación de la hija de Su Excelencia el Consejero Mayor (lo cuenta en Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian). Me trataba muy bien y me daba bien de comer, pero cuando la hermana de la dama Sarashina enfermó, me encerraron en los aposentos de los criados.

Siempre termino por escapar. Soy un gato, y me gusta hacer lo que me plazca. Salgo por la ventana y camino por las tejas rojas del tejado. Un poco más allá hay un estanque, en cuyo borde Matsuo Basho medita con un grupo de discípulos. Esto sucedió en 1686. Una rana, de improviso, saltó al agua, y el maestro improvisó este haiku: «Un viejo estanque; / se zambulle una rana / ruido de agua». Suzuki comenta de este célebre poema: «El viejo estanque de Basho está al otro lado de la eternidad, donde se sitúa el tiempo eterno…» Muy bonito, muy bonito. Y ved este otro, de Masahide: «Ardió mi casa / nada me impide ya / gozar la luna». ¡Bravo! Esto es pensar como un gato.

Un excitante molde

Salto de cornisa en cornisa, curioseando los patios de las casas. En uno de ellos veo algo singular: el molde en cemento de unos pies femeninos. La historia de este molde, que imita las «huellas de Buda», proviene de un caso de obsesión erótica: se trata de un hombre anciano y enfermo que se excita sexualmente con su joven nuera, Satsuko, y adora de tal modo sus pies que ha pedido que hagan esos moldes para colocarlos sobre su tumba. Lo cuenta Junichiro Tanizaki en Diario de un viejo loco, un libro muy divertido. Y no lo digo porque yo sea un gato: también hace reír a las personas.

Colina arriba está la escuela rural donde daba clase Botchan. Miradle, saliendo de un restaurante de anguila, muy nervioso, pensando que podrá ser descubierto. Ayer sus alumnos, que son brutales e ignorantes chicos de pueblo, le llenaron la cama de langostas vivas. ¡Se dio un susto de muerte! Más allá hay una casa aislada con dos faroles en la puerta. La llaman «La casa de las bellas durmientes», y en ella, cuenta Yasunari Kawabata, los hombres ancianos pagan para dormir al lado de muchachas narcotizadas. Mirad, el anciano entra ahora en la casa y pregunta a la señora que regenta a las niñas: «¿Qué es lo máximo que puede lograrse en esta casa?»

Castigos contra la maldad

Yukio Mishima dice en Lecciones espirituales para jóvenes samuráis: «La verdadera literatura, mediante frases y descripciones encantadoras que arrebatan el espíritu, nos revela que la vida humana no tiene significado alguno y que en el hombre se oculta una maldad que jamás será perdonada». Algunos han buscado castigos para esa maldad, pero en el mundo de la imaginación conozco pocos tan crueles como el que inventó Edogawa Rampo en «El infierno de los espejos», que consiste en encerrar al réprobo en un espejo esférico. Pero luego están los románticos como Kenji Miyazawa, el gran autor de libros de niños, que en El ferrocarril de la vía láctea sueña con un tren que va llevando a los fallecidos a diversos paraísos. El tren termina en la nada, que es adonde van los budistas…

Por lo demás, a mis compatriotas les gusta lo tenue, lo inconcluso. «Los occidentales construimos para perdurar», escribe Lafcadio Hearn. «Los japoneses, para desaparecer.» En la entrada de una casa veo unas sandalias de esparto desechables y unas esteras de las que se cambian cada otoño. ¿Será cierto que en Japón se construye para desaparecer? En El elogio de la sombra, Tanizaki afirma que en Japón no nos agradan los objetos brillantes ni el cristal transparente, sino más bien el jade, lo turbio, la penumbra.

Lo que sucedió el día anterior

Llego a lo alto de la colina. Hay una mansión, y en el jardín un pequeño pabellón oculto tras un seto de photinias. El viejo profesor de matemáticas vive allí. Su única compañía son su asistenta y el hijo de esta, al que él llama Root. Lo cuenta Yoko Ogawa en La fórmula predilecta del profesor. El profesor tiene amnesia, y todos los días olvida lo que sucedió el día anterior y olvida también el nombre de su asistenta. Es un caso triste. ¡Uf, qué asco! En el tejado hay posado uno de esos pájaros horrendos, un «gorrión pene», salido de Hombres salmonela en el planeta porno, de Yasutaka Tsutsui. Tsutsui está loco. Es un sinvergüenza.

Soy un gato, pero todavía no tengo nombre. Así comienza Soy un gato, de Natsumé Soseki, una de las más célebres novelas japonesas. En Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, hay un hombre viejo y algo retrasado que tiene la capacidad de hablar con nosotros, los gatos. En Sueño profundo, Banana Yoshimoto dice de un personaje que vivía en la casa sin pertenecer a la familia «como Doraemon». Lo traigo a colación porque Doraemon no es un gato en absoluto, aunque lo parezca. Soy el gato del profesor, el gato de Natsumé Soseki. Ha sido un placer caminar con vosotros. Ahora me voy a dormir.

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