Una cosa es segura: ya sabemos que a Dominic Senda no le van a invitar a una fiesta de tipos célebres en Hollywood. Desde «Kalifornia» ha dado pocas veces en el clavo, así que ahora ha tenido que atarse los machos en una historia que siempre atrae al espectador ávido de aventuras: un relato de capas, caballeros, brujas y tinieblas alrededor. Muchas tinieblas.
Dado que anda sobre el filo de la cuchilla, Senda ha tirado por sendero seguro: una atmósfera ocre, oscura y opresiva, una historia que subyace sobre el argumento principal: el relato de dos parias, dos guerreros de la orden de los templarios que han dado media vida por una fe que pierden en un brillo de luz, cuando de repente descubren la oscuridad que nunca creyeron anidaría en su ferviente andadura.
Perdidos, hundidos, sin patria ni creencia, buscan un faro al que asirse y lo que encuentran es un mínimo resquicio por el que luchar con brujas, demonios y el acero de su espada como único salvaguarda en un submundo de peste y terror.
En ese camino entra Senda, en la lucha interior de dos hombres por buscar su destino. El proyecto no es tan grandioso como debiera tener un relato de este calado, un trabajo que necesitaría mayor presupuesto para lo que requieren los efectos especiales pero, aun así, tiene agarraderas para sobresalir: la excelente actuación de la casi novata Claire Foy y también el siempre solvente Ron Perlman. Pero sobre todo se aúpa en una vuelta de tuerca final donde cuando todo parece que te lleva a un desenlace previsto, te acaba conduciendo a uno más terrorífico y apocalíptico, a una destrucción total de donde, no obstante, nacerá una nueva esperanza. Y es que esto de las brujas y los caballeros, como la literatura artúrica, siempre ha sido muy de cine. Esta vez no iba a ser menos.


