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Galicia / pintura

Lamazares en el Museo de Pontevedra

El Museo de la ciudad del Lérez acogerá, a partir del mes de marzo, la primera gran muestra retrospectiva del pintor Antón Lamazares

Día 01/03/2011

El Museo de Pontevedra prepara para primavera la primera retrospectiva del pintor Antón Lamazares (Maceira-Lalín, 1954). Así, a partir del mes de marzo, serán exhibidas 130 piezas de su autoría que muestran la evolución de su pintura desde que, en 1979, la propia Diputación de Pontevedra le concediera una beca de estudios que le permitió viajar a París para completar su formación y sus técnicas. La muestra de Lamazares en el Museo de Pontevedra cierra, por tanto, un círculo de treinta años de recorrido que supone, en cierto modo, una vuelta a sus orígenes.

La exposición, bajo el comisariado de Gloria Moure (ex directora del Centro Galego de Arte Contemporánea) ocupará la planta baja y la tercera del nuevo edificio del Museo de Pontevedra, que fue construido en los últimos años por la institución provincial y que se erige, con sus 20.000 metros cuadrados útiles, en la segunda superficie expositiva más grande de España. Así, las obras que mostrará el pintor de Lalín proceden de colecciones privadas, de los fondos del propio autor y, en algún caso, de trabajos inéditos, recientemente elaborados en su taller de Berlín (Alemania), ciudad en la que reside en la actualidad.

Lamazares nació en Maceira (Lalín), aldea con la que mantiene fuertes vínculos y periódicas estancias, y estudió en el convento franciscano de San Antonio de Herbón (Padrón). Estos dos hechos -las vivencias rurales de su niñez y la religiosidad que rodeó sus primeros estudios- otorgan una característica singular a la obra de este pintor con vocación de poeta. Con fuertes influencias de Cunqueiro y Laxeiro, entre otros, desde sus inicios en el mundo del arte, en 1972, se introdujo en el incipiente movimiento de contemporaneidad que intentaba despegar en el arte gallego.

De esos años son sus exposiciones en Santiago, Vigo, Madrid y Pontevedra, en las que ya subyacía una clara influencia de la pintura de Laxeiro con los gruesos contornos de las formas abstractas. Tras una estancia en París, becado por la Diputación de Pontevedra, expuso simultáneamente en tres galerías madrileñas y presentó «30 Lamazares en Mataborricos» en la finca de Alberto Portela, amigo de los integrantes de El Paso. Con estas muestras, se convirtió en el primer gallego de la futura generación Atlántica reconocido en Madrid.

Desde su primera exposición mostró su interés por el lenguaje abstracto y, a partir de 1977, la materia comenzó a tomar importancia en su obra, experimentando con el collage. De ello son ejemplos obras que presentó a la Bienales de Pontevedra de 1977 y 1978. A partir de ellas, Lamazares introduce formas figurativas en las que aúna expresionismo y surrealismo, figuración distorsionada de reminiscencias primitivistas en la línea de Dubuffet y el Art Brut con referencias de su mundo imaginario.

Tanto en esta etapa como en su participación en Atlántica 80, los materiales que emplea son cartones o maderas de desecho, materiales humildes y orgánicos de los que aprovecha sus imperfecciones y que lo vinculan con la naturaleza, el campo y sus raíces. 1982 fue la fecha de su despegue artístico como uno de los artistas españoles más internacionales. Expone en la galería belga de Elisabeth Frank, en la madrileña de Juana Mordó y en la feria ARCO.

En esta época, introduce barnices satinados y brillantes, técnica que estudió en la pintura flamenca del Museo del Prado y se adentra en un informalismo en el que está presente la figura de Tápies. En 1987 se traslada a Nueva York, crea la serie «Xanelas y Sellos» y expone en prestigiosas galerías neoyorkinas y madrileñas. Su pintura evoluciona y sufre la influencia de las técnicas bizantinas, crea las «pinturas bifrontes» trabajadas por ambos lados y trabaja la madera. El estallido emocional a través del color es algo patente desde los años 90 tras una nueva estancia en París. Desde esos años, fiel a sus raíces rurales, muestra su visión del paisaje gallego, siempre con barnices y resinas acristaladas sobre cartones y maderas de desecho. Lamazares suma siempre sus vivencias a la pintura, no como nostalgia sino como experiencia enriquecedora.

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