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Columnas / EL ÁNGULO OSCURO

Entre frikis anda el juego

Emular a un frikazo de tomo y lomo como Zapatero no es empresa al alcance de cualquier postulante

Día 28/02/2011

DON José Blanco, ese hombre que hubiese merecido fundar la Academia de Atenas, ha dicho que los peperos son una panda de «frikis». A esto, en lenguaje evangélico, se le llama ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Habría que empezar por establecer qué entendemos por friki, palabra que los diccionarios al uso todavía no recogen, pero que se ha hecho de uso cada vez más frecuente; y que se emplea para designar a las personas de conducta extravagante que se construyen, en torno a sus manías y obsesiones, un sonrojante universo personal que no se contentan con resguardar en los retretes de su intimidad, sino que lo airean orgullosamente, causando hilaridad, asombro o airada exasperación entre quienes los rodean. Analizando el comportamiento y las declaraciones de nuestros políticos, se llega a la rápida conclusión de que, en efecto, la mayoría son frikis redomados que retozan en el jardín de sus manías (tontilocas, cursis, pueriles, megalómanas), con el mismo alborozo y desinhibición con que un puerco retoza en su pocilga; aunque, sorprendentemente, sus retozos no suelen causar la hilaridad, asombro o airada exasperación que deberían, tal vez porque en el desparpajo con que el friki se desenvuelve hay algo que en el fondo nos enternece.

El friki mayor del Reino, un frikazo indisputado y campeonísimo, es nuestro presidente del Gobierno, quien, según confesión propia, preguntó a su madre en su lecho de muerte, poco minutos antes de que perdiera la consciencia: «Mamá, ¿tú crees que voy a ser presidente del Gobierno?». A lo que la madre moribunda contestó: «Sí, lo vas a ser». Que la frikada con ribetes macabros es especialidad predilecta de Zapatero lo corrobora aquella frase de condolencia que le espetó a la madre de Irene Villa: «Entiendo lo que sientes perfectamente. A mi abuelo lo mataron en la guerra». El frikismo presidencial, que no admite parangón en sus expresiones de regusto fúnebre, admite sin embargo todas las variantes del humorismo: la desfachatez torera («En la próxima legislatura se alcanzará el pleno empleo de forma definitiva y no a cualquier precio»; «Haciendo uso de un símil futbolístico, se podría decir que España ha entrado en la Champions League de la economía mundial»), la cursilería sin rebozo («La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento») y hasta la paráfrasis evangélica («No es cierto que la verdad nos hace libres; es la libertad la que nos hace verdaderos»). Zapatero, en fin, es un todoterreno del frikismo.

Y emular a un frikazo de tomo y lomo como Zapatero no es empresa al alcance de cualquier postulante, aunque aprendizas como Leire Pajín, con su conjunción planetaria, o Bibiana Aído, con sus comparaciones entre abortar y ponerse tetas, han demostrado que su magisterio no ha caído en saco roto. Pero quizá el frikismo más conmovedor y cándido, el frikismo más inmune al alipori, sea el del propio don José Blanco, ese hombre que hubiese merecido fundar la Academia de Atenas, que sin rebozo ha reconocido: «Uno no es ministro por méritos propios ni por currículum académico; uno es ministro porque el presidente del Gobierno así lo decide». El mismo don José Blanco que, en junio de 2008, saludaba de este modo la victoria de Obama en su blog: «Me he resistido en estos últimos meses a confesar públicamente mi simpatía hacia Barack Obama para no interferir en lo más mínimo en el proceso de elección que se estaba desarrollando». ¿Verdad que su frikismo es enternecedor?

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