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Otra memoria histórica

El cuartelazo fracasó, no por la resistencia de la sociedad española, sino por una serie de azares

Día 23/02/2011

Treinta años después, deberíamos ser lo bastante honestos como para, sin solazarnos en una autoflagelación estéril, someter a revisión algunos de los mitos del 23 F; o mejor dicho, algunas de las interpretaciones más complacientes sobre el desenlace del frustrado golpe de estado. Lo han hecho ya algunos autores (Javier Cercas, en especial) de forma aislada. Pero esa revisión no ha impregnado aún el relato público de aquellos días: el cuartelazo fracasó, no por la resistencia de la sociedad española, sino por una serie de azares cuya pormenorización ha sido ya objeto de atención en muchas de las páginas dedicadas estos días a la efeméride. Tuvimos una fortuna no del todo merecida, aunque supimos aprovecharla después en provecho de un país que creció en todos los sentidos durante dos décadas prodigiosas. Conviene que no olvidemos esa realidad en estos días en que, no únicamente la economía, sino la propia sociedad y sus resortes morales, han ofrecido preocupantes síntomas de agotamiento: la democracia es un bien frágil, no es irreversible y se defiende mejor con actos y conductas cotidianos aparentemente irrelevantes que con solemnes declaraciones públicas.

Como tampoco deberíamos olvidar que fue la irresponsabilidad de muchos actores políticos del momento la que compuso el escenario en el que unos cuantos aventureros, interpretando el guión en su provecho, se sintieron legitimados para subvertir el orden constitucional. En la contienda política no vale todo, pero en aquellos días algunos creyeron que era lícito emprender un atajo para acabar con lo que entendían como una situación política bloqueada. Puestos a reivindicar saludables ejercicios de memoria histórica, no detengamos el reloj en 1975. Hay aprendices de brujo que aún deben a los españoles alguna explicación y alguna disculpa sobre las conductas que permitieron salir de la botella al genio que se coló en el Congreso aquella tarde lluviosa de un lunes de febrero.

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