«Una vez acabada la Guerra, todo se organiza, todo se clarifica y se depura (…) El orden, la pureza iluminan y orientan la vida (…) hará de la vida de mañana una vida profundamente diferente a la de ayer. Si esta se sentía confusa, insegura de su camino, la que comienza lo percibe lúcido y neto». En «Después del cubismo», Ozenfant y Le Corbusier anticipan el escenario artístico que sucedió a la firma del armisticio de Versalles. Frente al caos y la destrucción de la I Guerra Mundial, el arte europeo siente un poderoso deseo de restaurar el orden anterior. Como el niño perdido que busca a sus padres, los artistas encuentran su equilibrio en los maestros clásicos. Huyen de las extravagancias de los ismos de los primeros años del sigo. La fragmentación y abstracción son para ellos sinónimo del desorden bélico. «No más casas sin sentido (…) No más sillas con cinco patas», escribió Jean Daran en 1919 en «Arte y decoración».
El Museo Guggenheim Bilbao estrena el año con «Caos y clasicismo: arte en Francia, Italia, Alemania y España, 1918-1936», con el patrocinio de la Fundación BBVA. Comisariada por Kenneth Silver, catedrático de Arte Moderno de la Universidad de Nueva York, y Vivien Greene, es un hermoso relato del esfuerzo del hombre europeo por retornar a la Antigüedad desde su óptica moderna en el agitado periodo de entreguerras. Bracque, De Chirico, Mies van der Rohe, Maillol… Imposible olvidar el espanto de la guerra, la serie de grabados de Otto Dix que recoge sus vivencias de trinchera inicia el recorrido, dividido por temas en nueve secciones. Sobresaliente es el lienzo «Escultor con autorretrato» (1928) de Julius Bissier, que rescata la infinita lucha entre pintura y escultura, en este caso, iguales.
Marcadas por la inestabilidad financiera y la incertidumbre política y social, las nuevas corrientes clasicistas se vuelcan en la reconstrucción moral del viejo continente. Incluso Picasso se hizo clásico. «De no haber sido por él, es muy posible que no se hubiera producido este renacer clásico», dijo ayer el comisario durante la presentación de la muestra. De las 150 piezas exhibidas destacaremos el retrato de «Olga» (1923) del artista malagueño, «Mujer sosteniendo un jarrón» (1927) de Léger, o «Circo» (1927) de Antonio Donghi.
Finaliza la muestra con su lado oscuro. La estética clásica, el culto al cuerpo y la dignificación del trabajo son utilizados por la propaganda del totalitarismo. Influenciado por su amante y experta en arte Margherita Sarfatti, Mussolini convierte el nuevo clasicismo en el movimiento artístico del fascismo y proliferan los retratos del Duce, como el «Perfil continuo» (1933) de Renato Bertelli, que causó sensación en el Guggenheim de Nueva York. Hitler usa los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín para demostrar al mundo la superioridad alemana. Lo recoge Leni Riefenstahl en su proyección «Oimpia».


