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Malcolm X: crónica de una muerte anunciada

Día 30/10/2013 - 19.36h
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«Vivo como un hombre muerto», anticipó el histórico líder de los derechos de los negros antes de ser asesinado, tras meses sufriendo amenazas y atentados

«Vivo como un hombre muerto… Estoy marcado… Esa gente de la calle 116 y ese hombre de Chicago… el problema mío se resolverá con muerte y violencia…». Pocos días después de que hiciera estas declaraciones en el hotel Theresa de Harlem –el mismo en el que Kruschev se había encontrado con Fidel Castro en 1961–, Malcolm X recibía cuatro balazos en el pecho que le arrancaban la vida de cuajo en 1965.

Thomas Hagan, la única persona que admitió ser el autor de los disparos contra el histórico líder negro, tenía 22 años cuando entró armado en el Audubon Ballroom de Manhattan. Cuando obtuvo la libertad condicional en 2010, con 69 año, aseguró que «tenía muchos remordimientos por haber participado en aquello» y que «nunca debería haber ocurrido».

Pero ocurrió. Y fue, como dijo Matin Luther King el día del asesinato, «un acto estúpido» que debería «hacer ver a nuestra sociedad que la violencia y el odio son fuerzas demoniacas que deben ser hundidas en un limo sin fondo».

«Demonios de ojos azules»

Hagan, conocido también como Talmadge Hayer, era miembro radical de la Nación del Islam, el mismo grupo al que pertenecía Malcolm X. Había comenzado a desechar su actitud despectiva hacia los blancos (ya no los llamaría «demonios de ojos azules») y a rechazar la ideología de la organización en favor del Islam ortodoxo. Al hacerlo, comenzó a temer que algún miembro de la Nación del Islam atentara contra su vida, sobre todo a raíz del enfrentamiento público que mantuvo con el fundador de dicho grupo: Elijah Muhamad.

Comenzaron entonces las amenazas y los intentos de asesinato: «Malcolm X debería tener la cabeza cortada», «cualquiera que se oponga al Honorable Elijah Muhammad pone en peligro su vida» o «un hombre como Malcolm es digno de muerte», dijeron públicamente algunos de sus rivales. Era como la crónica de una muerte anunciada. Pocos días antes del magnicidio su casa fue incendiada, salvando Malcolm y su familia la vida por poco. La revista «Life» había publicado, además, una imagen del líder negro portando una Carabina M1, lanzando el mensaje de que había decidido defenderse a sí mismo ante los posibles atentados, e incluso se asegura que el FBI había recibido una llamada anónima asegurando: «Malcolm X va ser liquidado».

El 22 de febrero de 1965 todas estas amenazas se hicieron realidad. «Cuando el orador se disponía a hablar, una ráfaga de pistoletazos le cortó la palabra y la vida en un charco de sangre», contó ABC al día siguiente. Malcolm iba a comenzar su discurso en una reunión de la Organización de la Unidad Afro-Americana, cuando, según cuentan muchas de sus biografías, se formó un revuelo en el auditorio. Un hombre gritó: «¡Negro!, quita las manos de mi bolsillo». Y cuando los guardaespaldas de Malcolm se acercaron a ver qué ocurría, Hagan sacó su arma de fuego y se ensañó contra el pecho del líder afroamericano. Poco después de llegar al Centro Médico de la Universidad de Columbia era declarado muerto.

Los culpables

Hagan intentó huir tras los disparos, pero fue herido en la pierna y la multitud se lanzó instantáneamente sobre él para darle una paliza. Junto a él, otros dos hombres fueron declarados culpables y condenados: Norman Butler, ahora conocido como Muhammad Abdul Aziz, fue puesto en libertad condicional en 1985 y se convirtió en el jefe de la Mezquita de Harlem, y Thomas Johnson, llamado ahora Khalil Islam, recibió la libertad en 1987. Los dos siguen manteniendo su inocencia, mientras la Nación del Islam ha negado siempre haber participado en el crimen, al tiempo que ha respaldado la inocencia de Butler y Johnson.

Entre 14.000 y 30.000 personas acudieron a la capilla ardiente de Malcolm X, que fue enterrado en el Cementerio Ferncliff, en nueva York, en una ceremonia impactante a la acudieron la gran mayoría de los líderes de los derechos civiles. Allí estaban John Lewis o Bayard Rustin y activistas como Ossie Davis, que describió a Malcolm como «nuestro brillante príncipe negro».

Uno de los amigos de Malcolm X se volvió hacia uno de los sepultureros y dijo: «No permitiremos que le entierren unos blancos». Cogió la pala comenzó a echar tierra, junto a otros compañeros negros.

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