Bono y Soledad Becerril estaban sentados juntos cuando Tejero irrumpió
José Bono, Soledad Becerril y Juan Barranco, son, junto a Alfonso Guerra (que declinó la invitación de este diario), los únicos diputados hoy en activo que fueron testigos, también siendo parlamentarios, del asalto de Tejero. ABC los ha unido para contar con su testimonio y conocer qué sintieron aquella larga jornada y qué vivieron en el interior del edificio de la Carrera de San Jerónimo durante el golpe de Estado.
A José Bono, presidente de las Cortes, y a la diputada Soledad Becerril les une algo más que ser parlamentarios. El 23-F vivieron muy cerca el golpe. Estaban sentados juntos cuando Tejero irrumpió en el Congreso, ya que ambos ocupaban la secretaría cuarta y tercera, respectivamente, de la Mesa. En realidad les separaba el secretario primero, pero se encontraba en la tribuna de oradores llamando a los diputados a la votación.
«Mi primera sensación fue de sorpresa»
Becerril quiso transmitir información, pero no lo consiguió hasta las seis de la mañana
Becerril intentó transmitir información, pero no lo consiguió hasta las seis de la mañana, cuando salió del hemiciclo y pudo hablar con el general Sáenz de Santa María y con Francisco Laína, subsecretario del Ministerio del Interior». Además, desde la Dirección General de la Seguridad del Estado grabó unas palabras «para que las mujeres de los guardias civiles transmitieran a sus familiares la locura que esto suponía».
José Bono también recuerda la cercanía de Soledad Becerril en el escaño cuando se produjo el asalto al Congreso. El hoy presidente de las Cortes asegura que desde el primer momento intuyó las intenciones de los guardias civiles. «Inicialmente pensé que podía tratarse de Ricardo Sáenz de Ynestrillas».
«Temor, mucho temor»
Bono reconoce que sintió «temor, mucho temor. Hubo instantes de miedo, de esperanza, de recuerdo permanente de la familia, suspense sobre el futuro de la libertad». También «hubo momentos de descompresión», y entre ellos no olvida «el humor negro de Leopoldo Torres, que garabateaba números relativos al seguro de vida que días atrás había contraído el Congreso: “Diez millones por 350 diputados, resultado, la ruína de la Unión y el Fénix».
Juan Barranco reconoce que, en el momento del tiroteo se puso el codo por delante de la cabeza y que «pensábamos que al levantarla íbamos a estar heridos». Un guardia civil vecino suyo conocía a uno de los que estaba dentro del Congreso y le pidió que le dijera que su familia estaba bien.







