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España / 30 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO

«Fuimos engañados»

ABC reúne a tres militares que vivieron el golpe de Estado dentro del Congreso, en la toma de Valencia y en un cuartel de Madrid

Día 21/02/2011 - 17.22h

Cada año, cuando se trata de recordar lo que sucedió aquel 23-F de 1981 en el Congreso de los Diputados, siempre vuelven a la memoria los nombres y los rostros de los protagonistas más conocidos del golpe de Estado. Antonio Tejero, Milans del Bosch, Adolfo Suárez, Gutierrez Mellado, Alfonso Armada, todos ellos forman parte ya de la foto histórica de aquel día. Pero hubo muchos más, protagonistas involuntarios y anónimos de una historia a la que se vieron abocados, la mayoría sin ser conscientes de ello, y sin saber la misión a la que estaban llamados. Son los otros militares y guardias civiles que fueron movilizados para el asalto al Congreso o para la toma de Valencia, o aquellos otros que permanecieron acuartelados hasta saber el desenlace final del asalto militar. Son los otros protagonistas accidentales del 23-F.

«Estaba merendando»

ABC ha compartido con tres de ellos los recuerdos de aquel día, el relato de aquel instante y las horas posteriores tras conocer que estaban participando en un golpe de Estado. Son Manuel Martínez, un guardia civil al que llevaron desde el Parque Automovilístico del Instituto Armado en Madrid al Congreso de los Diputados, y vivió junto a los parlamentarios aquella larga noche; Juan Carlos Segura, que hacía la mili en el Cuartel de Bétera en Valencia y que, por mor de la historia, se vió formando parte de una columna de blindados y tanques dispuesta a tomar la ciudad del Turia, y Jorge Bravo, un cabo primero del Ejército del Aire, hoy brigada, que estuvo acuartelado en el Cuartel General del Mando Aéreo de Combate en Madrid.

«Estaba en el bar del Parque Automovilístico en Príncipe de Vergara haciendo cola para tomar algo, era la hora de descanso del primer día del curso del periodo de formación como motorista de Tráfico, entre las seis y la siete de la tarde. Se acercó un compañero y me dijo que subiera urgentemente a la Academia, a la planta quinta porque un sargento nos daría instrucciones». Así recuerda Martínez cómo fue llamado a participar en el golpe. Seguidamente, «nos comunicaron que fuéramos a la taquilla a recoger el tricornio. El sargento nos entregó un subfusil, cargadores y tres cajas de munición, y nos dijo que bajáramos a la salida a unos autobuses que estaban en la puerta principal».

El grupo que fue reclamado para subirse a los autobuses, no de la Guardia Civil, sino particulares, estaba formado por unos 125 agentes. Ninguno sabía dónde iba. La sorpresa saltó cuando el autobús comienza a circular y se acerca a la Carrera de San Jerónimo. El periodista que estaba radiando la votación en el Congreso se le quiebra la voz y asegura que alguien armado ha entrado en el Congreso. Inmediatamente el capitán corta la emisión y, por primera vez, les desvela el motivo de la salida apresurada del Parque Automovilístico: «Vamos al Congreso porque están sucediendo unos hechos muy graves y vamos a por todas», recuerda Martínez que les dijo. Pero no se quedó ahí, sino que les invitó a meter proyectiles en sus armas. A pesar de esta movilización, Manuel Martínez pensaba que lo que estaba sucediendo era un atentado terrorista. «Incluso le dije a un compañero: “Jolín, venimos de Bilbao con los problemas que hay, y nos encontramos con esto”... fuimos engañados».

«Tranquilos, no os va a pasar nada»

No se dieron cuenta de que era un golpe de Estado, porque nadie les dijo nada. Entraron en el Congreso y deambularon por las dependencias parlamentarias hasta llegar a la tribuna de invitados: «Fue entonces cuando me di cuenta de que esto era un golpe de estado, y lo estábamos dando nosotros». Durante las horas siguientes siguieron sin recibir orden alguna, más que acompañar a los diputados que quisieran ir al baño: «Como tuvimos que interrumpir la merienda y teníamos hambre, fuimos al edificio anexo para buscar algo de comer, encontramos una cafetería y nos metimos dentro. Después nos fuimos al hemiciclo y nos sentamos al final de la bancada».

De aquella noche recuerda a Ernest Lluch, que se dirigió a ellos y les dijo: «Tranquilos, que no os pasará nada, solo será un mal recuerdo». Y de las horas después del golpe, cuando les llevaron a Valdemoro: «Nos pidieron entregar las armas con una nota para saber quien había disparado».

Tampoco Juan Carlos Segura pudo nunca imaginar que su mili pasaría a la historia. Con 24 años hacía el servicio militar en el Batallón de Carros de Combate de Bétera en Valencia, como conductor. Aquel 23-F de 1981, a las nueve de la mañana su unidad fue movilizada, como si se fueran de maniobras. «Todos pensábamos que nos íbamos de maniobras. Posicionamos todos los vehículos en la Plaza de Armas de Valencia e incluso metimos nuestras cosas particulares, como hacíamos siempre para estar más cómodos, como la televisión para distraernos», relata treinta años después.

«Escuché la radio y supe del golpe»

Ya dentro de los vehículos, «escuchamos en la radio la toma del Congreso y en cinco o seis minutos se dio la orden de municionar los carros, sacamos de las cajas de madera los obuses y a los conductores se le distribuyó armamento real». En media hora salieron a la calle: «Yo iba conduciendo un Land Rover con una dotación de mortero y me tocó estar en la Plaza del Ayuntamiento. La compañía se distribuyó por las esquinas de la plaza para garantizar el toque de queda. Hasta las tres de la madrugada no nos dieron la orden de volver a los cuarteles».

Mientras, en el Cuartel General del Mando Aéreo de Combate en Madrid, se empezó a recibir mucha munición dos o tres meses antes del golpe. Jorge Bravo, de 21 años, cabo primero del Ejército del Aire, llevaba ya una semana ensayando el «toque de generala, un aviso de alarma que nunca se había ensayado». El día del golpe de Estado del 23-F estaba en su casa. «Me llamaron y me dijeron que me tenía que incorporar a las cuadrillas. Todos pensamos que era un ensayo del toque de generala. Llegué de los primeros y enseguida recibí órdenes de estar encerrado en la armería. Allí escuche la radio y supe del golpe. Nos dimos cuenta de que estábamos en el bando equivocado».

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