Enmarcadas en el imparable alzamiento del mundo árabe contra sus dictaduras, las protestas generadas en el reino de Bahréin podrían suponer no solo una prueba de fuego para su Monarca —el jeque Hamad bin Isa Al Jalifa— a quien la oposición chií exige una reforma constitucional que acabe con su marginación, sino también el ascenso regional de su vecino Irán.
Recientemente, los cables diplomáticos publicados por Wikileaks revelaban la asfixiante dependencia del exterior que sufre el reino —sobre todo de EE.UU.— en su particular cruzada para evitar «ser expoliado por el depredador iraní». ¿Los motivos? Religiosos.
En la actualidad, cerca del 70 por ciento de los 500.000 residentes locales en Bahréin (el resto son trabajadores extranjeros) profesan el chiísmo (como el vecino Irán), pese a estar gobernados por una monarquía de origen suní.
De igual modo, uno de cada tres bahreiníes asegura secundar, en su vida diaria, las enseñanzas de los clérigos iraníes por encima de los mandatos institucionales. Precisamente, el principal líder religioso del país —el jeque Isa Qasim, uno de los más ardientes defensores de la ortodoxia chií imperante en Irán— acusó esta semana al Gobierno de Manama de intentar propagar el ateísmo en el país, en contra de los mandatos del islam.
Sin embargo, como señala Jane Kinninmont, analista del «think tank» británico Chatham House, en los últimos tiempos, el papel y la influencia de Irán en Bahréin «a menudo se ha exagerado». Aunque la importancia del reino no se limita a las intromisiones de su vecino del norte. A día de hoy, sus aguas sirven de salvaguarda a los más de 4.200 militares estadounidenses que nutren la Quinta Flota, la principal responsable de todas las fuerzas navales norteamericanas situadas en el Golfo Pérsico, África del Este y el Golfo de Omán.










