Es cierto. Todo lo que he visto, o lo que he creído ver en Nueva York, destaca frente a un fondo oscuro —para nosotros inconcebible, al menos en cuanto que inadmisible—, es decir, frente a la vida cotidiana estadounidense, la vida del conservadurismo, que discurre inmersa en un silencio harto más intenso que los «gritos» que nos llegan desde la Izquierda. En este silencio del fondo, neutro y pavoroso, tienen lugar fenómenos de auténtica locura colectiva, es decir, de un odio de algún modo codificado, y que es muy difícil de describir. Se trata del odio racista, que no es sino el aspecto externo de la profunda aberración que representa cualquier forma de conservadurismo y de fascismo. Un odio que no tiene razón de ser; es más, no es, pues no existe. [...] ¿Cómo y por qué un blanco pobre podría odiar a un negro? Sin embargo, precisamente son los blancos pobres de todo el Sur los que profesan este odio que nace de una idea falsa de sí mismos y, por tanto, de la realidad. [...] De esta forma de vida, la última consecuencia, y la más trágica, ha sido el asesinato impune de Kennedy, prueba de esta guerra civil que no estalla, pero que, sin embargo, se combate dentro del alma de los norteamericanos.
Hablar acerca de Estados Unidos exclusivamente en términos de neocapitalismo es parcial
Nunca se habrá señalado suficientemente en qué medida las enormes diferencias entre los norteamericanos son causadas por sus distintos orígenes pobres. [...]
Y, tal vez por esto, deseen a toda costa ser iguales entre sí: y si los norteamericanos basan su anticomunismo en el hecho de que el comunismo igualaría a los individuos, es porque desean, desesperadamente, ser igualados. Para olvidar, precisamente, sus orígenes diferentes e inferiores. [...]
Así pues, son el miedo a «perder la presencia» y el esnobismo de la nueva ciudadanía los que impiden reflexionar al norteamericano —esta extraña mezcla de subproletario con burgués profunda y honestamente encerrado en su propia lealtad burguesa— acerca de la idea que tiene de sí mismo. De esta manera, esta idea sigue siendo falsa, como en todo ambiente alienante de industrialización total.
Precisamente intenté preguntar a algunos norteamericanos, al mayor número que pude, si sabían qué era el racismo (pregunta que sobre todo y muy particularmente implica una reflexión sobre la idea de uno mismo). Nadie supo dar una respuesta. [...]
Contradicciones
Para mí, la nota más violenta, dramática y definitoria de la «calidad de vida estadounidense» es una característica negativa: la inexistencia de la conciencia de clase; efecto inmediato de la idea falsa de sí mismo de cada individuo integrado, casi por concesión o por gracia, en el ambiente de los privilegios pequeñoburgueses del bienestar industrial y del poder estatal. Pero en todo esto hay contradicciones: por ejemplo, la fuerza desbordante del sindicalismo, que se manifiesta en huelgas enormes e increíblemente eficaces, donde no se explica por qué no prospera de forma estable una conciencia de clase. [...]
Lo extraordinariamente novedoso (para un europeo como yo), sin embargo, es que la conciencia de clase surge en los norteamericanos en situaciones completamente nuevas y casi escandalosas para el marxismo.
La conciencia de clase, para abrirse camino en la cabeza de un estadounidense, requiere un largo camino tortuoso, una operación harto compleja: requiere la mediación del idealismo, digamos incluso que del idealismo burgués o pequeñoburgués, que da sentido completo a la vida de los norteamericanos y del que no pueden prescindir de modo alguno. Ellos lo llaman «espiritualismo». [...] Quizá se trate más bien de moralismo, dominador y modelador de todos los aspectos de la vida, que en literatura, por ejemplo, incluso en la de masas, es exactamente el antónimo del realismo: los norteamericanos sienten la necesidad de idealizar continuamente en el plano artístico (y, sobre todo, a nivel de gusto medio: por ejemplo, las representaciones «ilustrativas» de sus vidas y de sus ciudades, como en las películas mediocres o malas, son formas de una necesidad inmediata de idealización).
El vacío inmenso que se abre como una vorágine en cada uno de los norteamericanos y en el conjunto de la sociedad norteamericana —es decir, la falta de una cultura marxista—, como todo vacío, pretende ser llenado violentamente. Y se llena así, con este espiritualismo al que me he referido, que, como radicalismo democrático revolucionario en un primer momento, en la actualidad tiende hacia una nueva conciencia social que, al no aceptar todavía el marxismo de manera explícita, se presenta como contestación total y desesperación anárquica. [...]
Sinceridad total
Ahora vivo en una sociedad que acaba de salir de la miseria, y se aferra de un modo supersticioso al poco bienestar que ha alcanzado, como una condición estable, y en este nuevo curso de su historia es portadora de un sentido común que podría funcionar entre los rebaños o en los talleres de artesanos, pero que hoy en día se revela estúpido, vil y mezquino. Una sociedad irredimible, irremediablemente burguesa sin tradiciones revolucionarias, ni siquiera liberales. [...]
Digámoslo abiertamente: me he quedado aislado, envejeciendo conmigo mismo y con mi repulsión a hablar de compromiso y de falta de compromiso. De este modo, no puedo no haberme enamorado de la cultura norteamericana, y no haber vislumbrado, dentro de ella, una razón literaria llena de novedad: un nuevo tiempo para la Resistencia, aunque por completo carente, insisto, de ese espíritu resurgimental, de corte, por así decir, clásico, que depaupera un poco la Resistencia europea. [...] Lo que se exige a un literato norteamericano «no integrado» es todo él, una sinceridad total. Desde los viejos tiempos de Machado, no daba una lectura fraternal como la de Ginsberg. ¿Acaso no ha sido fantástico el paso por Italia de Kerouac borracho, suscitando la ironía, el aburrimiento, el vituperio de los estúpidos literatos y de los mezquinos periodistas italianos? Los intelectuales norteamericanos de la Nueva Izquierda (puesto que allí donde se lucha siempre hay una guitarra y un hombre cantando) parece que hacen justo lo que dice una estrofa de un inocente canto de la Resistencia negra: «Tenemos que arrojar nuestros cuerpos a la lucha».



