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«Pan negro» arrasa en los Goya

La película de Agustí Villaronga se llevó nueve premios, por tres de «También la lluvia» y «Enterrado»

Día 14/02/2011 - 10.40h

«Desde hoy empezamos un periodo de tiempo inestable en España», anunciaba la presentadora del tiempo en TVE minutos antes del comienzo de la gala. El día, que empezó soleado y poco a poco comenzó a parecerse al decorado de la película del cine español, se ponía además a tono para que «También la lluvia» viviera su gran noche. No fue así. «Pan negro», de Agustí Villaronga, fue la gran ganadora (nueve premios), en una especie de secuela de lo que ocurrió hace unos años, cuando el cine español escogió el camino de «La soledad». Los premios fueron a parar a un director de indiscutible prestigio, hasta ahora alejado del gran público. La cinta de Icíar Bollaín se tuvo que conformar con tres galardones, los mismos que ganó «Enterrado». «Balada triste de trompeta» fue quizá la principal víctima, con dos cabezones, en empate con «Lope».

No solo cayeron chuzos de punta antes de la presunta fiesta, un acto repleto de esfuerzos que se escapaban entre las costuras de una ceremonia larguísima y sin descansos, con marcado acento catalán, para lo bueno y para lo peor. También llovió algún que otro huevo, puesto (o lanzado) por los miembros de Anonymous, que orquestaron una gran pitada durante el desfile en la alfombra roja. Que se sepa, sin embargo, y pese a las denuncias de censura y a la «operaciongoya» promovida en Twitter como etiqueta a seguir, ningún asistente tuvo que cambiarse el atuendo, aunque de esto les hablará mejor Rosa Belmonte a vuelta de página.

Pero lo que muchos esperaban, por encima incluso de la victoria de unos u otras, era saber cómo iba a lidiar Andreu Buenafuente la faena del día, hasta dónde haría sangre en la crisis abierta entre Álex de la Iglesia y Ángeles González-Sinde tras la dimisión del primero por la ley que lleva el apellido de la segunda. En el portal SensaCine decían que desde El Terrat les habían contado lo complejo que había sido que la Academia aprobara el guión de Andreu.

Pullas escogidas

Cierto o no, el presentador, algo más nervioso que de costumbre en los primeros minutos, actuó con la elegancia y sentido del humor habituales, pisando los callos justos y con pullas bien medidas y escogidas, como las dedicadas a los periodistas deportivos, a Enrique Iglesias o a Santiago Segura. De Ángeles y Álex se limitó a decir que creía «que se gustan un poco» y felicitó al primero por «la broma» de su dimisión, «la campaña más grande de promoción de los Goya».

El arranque fue brillante. Desde el corto-secuela, continuación de su «muerte» al final de la gala del año pasado, hasta su descenso de los cielos («una descarga legal»), Buenafuente dejó claro que al menos él estaría a la altura. Incluso el número musical que abrió Luis Tosar y llenó después el escenario parecía bien ensayado y mejor pensado. Y los falsos tráilers, «También el arcoiris», «El señor de los panecillos negros»... funcionaron bien. Pero si en algo nos parecimos de verdad a los Oscar es en que lo peor son siempre los discursos de agradecimiento y, por qué no decirlo, también alguna de las presentaciones. El cine español, en todo caso, quedó retratado en su grandeza y en sus miserias. Con premios para casi todos (por pura casualidad, aquí sí que falló la «operaciongoya») la ficción se impuso a la realidad. Que hay talento quedó de manifiesto si uno sabía mirar bien y con ojos generosos, pero a la hora de demostrárselo a la gente, al público que ensalzó Álex de la Iglesia, lo que queda son unos datos de asistencia paupérrimos, una pelea sin sentido y la sensación de que la guerra civil se proyecta en sesión continua en nuestras mejores pantallas.

Primeros planos

El presidente de la Academia no se escondió en su discurso, desde luego, y el realizador de la gala en Televisión Española, tampoco. Empieza la alocución: primer plano de la ministra. Álex dice que el próximo presidente ya le cae bien: primer plano de Icíar Bollaín. Faltó una nominación para ambas como mejores encajadoras, pero las palabras, colgadas en YouTube a los pocos segundos por algún aficionado «anonymous», volvieron a cortar el expectante silencio, que solo se rompió con la ovación final. De la Iglesia fue conciliador y duro a la vez, defendió sin caer en el panfleto su postura, no atacó a nadie y defendió a quienes hacen cine y a los internautas, «ciudadanos, sencillamente gente, nuestro público».

El espectáculo continuó, como es preceptivo, sin demasiadas sorpresas (por lo menos agradables), pero sobre todo con demasiados minutos y con ausencia de momentos emotivos, aparte de algún llanto de los premiados, de la presencia de Pasqual Maragall y del monótono recuerdo a los fallecidos. Especialmente doloroso resultó el rácano homenaje a don Luis García Berlanga. «Menos mal» que no queda nadie igual y que no volverá a cometerse nunca una injusticia de este calibre. Más presentable, es justo reconocerlo, fue la dedicatoria al Goya de Honor, Mario Camus.

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