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La tercera «huella dactilar»

La Guardia Civil trabaja ya en el uso de ADN bacteriano, animal y de plantas para atrapar criminales

Día 14/02/2011 - 12.00h

Un ladrón entra en una vivienda. Manipula el ordenador de la casa sin guantes, pero no deja huellas ni ADN; sin embargo, su rastro ha quedado en el teclado y él puede acabar en prisión. ¿Cómo? A través de la flora bacteriana de su piel, única e irrepetible. Es la tercera «huella dactilar», la huella genética bacteriana que permite individualizar a cada persona y que ya ha servido para condenar a delincuentes en Estados Unidos.

En España la Guardia Civil trabaja desde hace dos años en la secuenciación genética no humana, con dos apartados: el ADN bacteriano y el de animales y plantas, que ayudan a atrapar criminales. Se ha detenido a furtivos que mataban ciervos en el parque de Doñana, al dueño de un «pitbull» que atacó a una niña en Madrid, pese a que el propietario negaba que hubiera sido su perro, a individuos que se dedicaban a ahorcar galgos en Cuenca cuando ya no les servían para las peleas o a un conductor que destrozó su coche, según él porque se le cruzó un jabalí. Los agentes —y gracias a ellos la compañía aseguradora— destaparon la estafa.

El ADN no humano abre otra puerta de investigación. En el reciente caso del asesinato de una menor en Arriate (Málaga), por ejemplo, podría servir para determinar que el sospechoso estuvo en la caseta del crimen. Del barro de sus zapatillas se podría extraer el perfil genético de las bacterias adheridas a la suela y compararlo con el ADN de la tierra recogida en ese escenario.

«Las aplicaciones criminalísticas son casi ilimitadas, dependen de la imaginación del investigador» —explica el comandante Alfonso de Miguel, jefe de Química del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil.

Parece CSI, pero es pura realidad y además cuenta con ventajas adicionales: las bases de datos de ADN de animales y microbianas, a diferencia de las humanas, son internacionales y de acceso libre. Lo importante es contar con el perfil de la especie (léase una determinada raza canina o una cepa bacteriana) para luego comparar con el individuo concreto.

Hace unos meses los agentes del Seprona de Castellón encontraron los restos de una cabra pirenaica. Había un sospechoso y en su pantalón se halló una mancha de sangre del animal. El ADN coincidía y el furtivo fue detenido, con el agravante de que la pirenaica es una especie protegida.

En otro caso, una muerte violenta, los investigadores consiguieron incriminar al asesino. La víctima tenía un perro y los pelos del animal aparecieron en la camiseta del delincuente. El perfil genético era idéntico, es decir, el can había transferido su huella genética a las ropas. «No es nada fácil hacerle la prueba de ADN a un animal, conseguir que abra la boca o arrancarle un puñado de pelos», ironiza el comandante De Miguel.

La técnica es la habitual cuando se trata de perfiles genéticos. Hay que comparar la muestra en blanco (dubitada) con la del sospechoso (indubitada) en busca de la coincidencia; si no existe esa posibilidad de cotejo la resolución es imposible. En los cazadores furtivos, que cortan la cabeza, el trofeo en su argot, y abandonan la pieza, se están logrando resultados espectaculares con la ayuda del Seprona, dado que solo con tocar la pieza se produce un traspaso de ADN del animal al cazador.

Los investigadores insisten en las posibilidades criminalísticas y las condenas. Si no que se lo pregunten a un ganadero valenciano que se aficionó a soltar perros salvajes para que mataran a las ovejas de su vecino. Gracias al ADN encontrado tuvo que asumir una responsabilidad civil de miles de euros. La resolución de asesinatos, atropellos, robos y todo tipo de delitos contra la flora y la fauna pueden beneficiarse de estas secuenciaciones genéticas.

De vuelta a las bacterias, la Guardia Civil trabaja con la aplicación del ADN a casos de terrorismo, como se hace con las drogas, a las que se sigue su huella genética desde hace tiempo para centrar su origen. La omnipresencia bacteriana y la resistencia de la mayoría de cepas son factores que se esgrimen en favor de estas técnicas.

«Casi cualquier superficie permite ser soporte para el cultivo de especies bacterianas susceptibles de ser secuenciadas», detalla el jefe de Química. Podríamos, por tanto, hablar de tres huellas: la dactilar o lofoscópica, la genética y la bacteriana. Un obstáculo más para delincuentes.

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