Internacional

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El faraón taciturno

Mubarak no buscó el liderazgo de Nasser ni la fama de Sadat; solo mantenerse al frente hasta el final

Día 11/02/2011

Hosni Mubarak ha conseguido gobernar durante casi treinta años el país árabe más poblado y dotarle de un aura de estabilidad, a un precio muy alto. El nivel de pobreza y el desequilibrio social no ha dejado de crecer , en paralelo a las promesas frustradas de libertades, sacrificadas por Mubarak con el pretexto de una amenaza islamista que dejó de ser un hecho en Egipto hace más de una década.

Hosni Mubarak nunca aspiró a ser un líder carismático como Nasser. Tampoco ansió la fama, o pasar a la historia como Sadat, coautor de los acuerdos de paz con Israel, de los que Hosni Mubarak se siente sólo el cancerbero. La única aspiración del presidente egipcio ha sido, al parecer, mantenerse en el poder hasta el final.

Gris y taciturno, la principal virtud del veterano déspota de El Cairo fue su férrea disciplina, madurada durante sus años en la Academia de las Fuerzas Aéreas. Cumplidos los 82 años, la rutina del rais seguía siendo estricta. Toque de diana a las 6 de la mañana, ejercicios físicos, trabajo de despacho, emisión de órdenes estrictas, que en el caso de Egipto ha significado —desde su legítima llegada a la Presidencia en octubre de 1981— un país en permanente estado de excepción para evitar que surgieran enemigos internos, islamistas o laicos. Y si surgían, para aplastarlos.

La «presidencia dinástica»

Hosni Mubarak juró su cargo una semana después del asesinato de Sadat a manos de los islamistas de Al Gamaa al-Islamiyya, el retoño armado de los Hermanos Musulmanes. La lucha sin cuartel contra el extremismo condujo a la victoria final y a la entrega de las armas. Pero la persecución prosiguió con los «enemigos laicos», y centenares de disidentes liberales conocieron la tortura, la prisión y el exilio.

Al igual que el resto de los despotismos ilustrados árabes, Mubarak acarició al final de su mandato la tentación de crear una «presidencia dinástica». A diferencia de sus dos antecesores en la república egipcia, siempre se resistió a cubrir el puesto de vicepresidente, y todo apuntaba a que el elegido para sucederle a finales de este año era su hijo Gamal, un financiero educado en el Reino Unido. La decisión, según muchos, no gustó tampoco en los círculos militares, determinantes en todo el proceso de la revolución pacífica egipcia. Hosni Mubarak supo que ya era un cadáver político cuando el pasado 25 de enero tuvo que conceder la vicepresidencia vacante al general Suleiman, jefe de los servicios de inteligencia.

Pulso con Washington

A diferencia del clan tunecino de los Ben Alí, los Mubarak no destacaron en Egipto por un grosero afán de rapiña ni por nepotismo. El ex general de aviación, hijo de un modesto funcionario de Justicia, contrajo matrimonio con una egipcia muy respetable, Suzanne, licenciada por la Universidad Americana de El Cairo, hija de un médico egipcio y de una enfermera británica.

Respetar su vida privada fue una de las normas que rodeó la vida personal de los Mubarak a lo largo de los treinta años de mandato. Ningún escándalo familiar —más allá de los chismes sobre la cantidad de tinte que usa el presidente y las cremas faciales para aparentar juventud—, aunque diversas web árabes apuntan una fortuna presidencial de 40.000 millones de dólares, en propiedades y acciones en bancos de Estados Unidos, Suiza y el Reino Unido.

En los años 2004 y 2005, la Administración Bush estuvo a punto de vencer la resistencia del «faraón», en favor de las reformas democráticas. Mubarak prometió apertura, pero los resultados obtenidos primero por los Hermanos Musulmanes y luego por líderes laicos como Ayman Nour le hicieron cambiar de opinión súbitamente. Al final, enfermo y añoso aunque externamente entero, el dictador del Nilo casi logra su objetivo: morir en su lecho con la banda presidencial ceñida.

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