Hay mucha llamada de James Cameron en la promoción de este Santuario. Demasiada hasta volverse sospechoso. No es que sea una filfa, pero no es lo que sería si Cameron estuviera tras el ojo y no en los despachos de producción.
La trama es angustiosa, poco dada a la gente ansiosa. Trata de espeleólogos y, peor, de espeleólogos bajo el agua. Tipos que se meten por cuevas estrechísimas, sin apenas salida, donde cabe poco más el ojo de una aguja o una sílfide. De esas que si te comes una fabada antes de la excursión ya no pasas. Casi todo lo malo pasa, pero a pesar de la corrección en la filmación, de lo complejo del trabajo, la película apenas posee alma.
No tiene un signo de identificación propia, todo parece ajeno y casi nada emociona. Las relaciones entre los personajes, supuestamente crudas, no acaban de definirse y al final nos importan bien poco. Chulitos que se vuelven malos y ogros que se tornan ángeles son transformaciones que se ven venir. Y un asunto vital: si no son capaces de meterse en un escáner ni se les ocurra verla. Lo pasarán fatal. Eso sí, si son de esos locatis que gustan de subirse un ocho mil para luego tener que bajarlo, pues bien, a gastarse la pasta.


