Siempre que se habla de los problemas que puede plantear la escritura de una biografía aflora el «caso Salinger». Cuando Random House recibió, en 1986, una carta del abogado del escritor exigiendo que Ian Hamilton, su primer biógrafo, suprimiese del libro (ya en la imprenta) numerosos pasajes de las cartas que Hamilton había utilizado sin su autorización, el mundo intelectual se dividió. También la justicia: un primer juez le dio la razón a Hamilton, pero en la apelación un segundo juez apoyó a Salinger. ¿Una de las dos partes tenía más razón que la otra? El conflicto es difícil de elucidar. Pero, en todo caso, Salinger se perjudicó a sí mismo con este desagradable proceso porque Hamilton, en la nueva edición que se publicó un año después, parafraseó los materiales que ya conocía pero que no podía usar, adoptando un tono mucho más hostil hacia su protagonista. Y las ventas del libro se multiplicaron con litigio. De modo que los esfuerzos del escritor por preservar su vida privada quedaron fuera de control y el mito fue creciendo con cada una de sus excentricidades.
Nuestro mundo brega con dos actitudes dispares: el modelo Salinger (o Laforet), escritores en fuga permanente de cualquier forma de publicidad (sabiendo que la tienen) y el modelo señalado en estas páginas por Patricio Pron, el de aquellos que son conscientes de la necesidad de promocionarse porque al otro lado solo habita el silencio, la muerte.
En un campo minado
Dos meses después del fallecimiento de Salinger, un desconocido Kenneth Slawenski tenía ya lista una nueva biografía del escritor en la que venía trabajando desde tiempo atrás (de eso no hay duda, una vez leída). Lo más llamativo es que su autor, escarmentado en cabeza ajena, se mueve como en un campo minado, evitando las ingenuidades cometidas por Hamilton: él ni intentó ponerse en contacto con Salinger en ningún momento, ni con las personas de su entorno, y el volumen no incluye ningún tipo de cita: la voz del escritor está ausente, aunque no su obra. El resultado es un texto tan medido como el plano de un arquitecto. Eso le da cierta frialdad, pero contiene información suficiente y precisa para comprender lo ocurrido con el autor de El guardián entre el centeno.
El texto está tan medido como el plano de un arquitecto. Eso le da frialdad, pero con información suficiente y precisa
Un ego inmenso
Salinger en un primer momento regresa a Nueva York, lucha por relanzar su carrera y culmina la historia del adolescente Holden Caulfield, pero sueña, como su protagonista, con una cabaña en el bosque que le mantenga alejado de la potencia destructora del prójimo. Hay en ello una voluntad de no ser, que es como decir de fundirse con los compañeros que murieron en la contienda, que puede suponer una pérdida narcisista extrema. Eso parece ocurrirle a Salinger renunciando a su ego y queriéndose proyectar exclusivamente en su obra. Una persona tan hambrienta de perfección como él, con un ego inmenso, se refugia en la filosofía zen como método de contención de sí mismo.
Los esfuerzos del escritor por preservar su vida privada fueron en vano y el mito creció con sus excentricidades
Por último, la relación del escritor con las mujeres merecería un capítulo aparte. Slawenski, atemorizado, la menciona de pasada, aunque parece fuera de duda su responsabilidad al casarse con Claire Douglas y recluirla despiadadamente en Cornish, el aislado lugar que había elegido para sí mismo. Me atrevo a pensar que solo en las múltiples relaciones con jovencitas a las que doblaba en edad, y en experiencia, encontró el reflejo narcisista que se negaba escribiendo.



