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Columnas / CAMBIO DE GUARDIA

Peso muerto

La Red, usada racionalmente, reduciría al mínimo el asfixiante coste de los partidos. Ningún partido va a perdonarlo

Día 26/01/2011
DEBEMOS —postula el clásico— sufrir más a causa de los muertos que de los vivos. Sinde. Y todo lo que en torno a esas cinco letras se conjuga: un pudridero.
A lo largo de dos décadas, las compañías discográficas vivieron el esplendor del beneficio puro. La tecnología del CD —y la simultánea mutación de los platos de tocadiscos en buscadas curiosidades de anticuario— fue una feliz Arcadia. Transcribir de vinilo a CD fondos de cuyo copyright se era ya propietario, salía casi gratis. Y a nadie iba a ocurrírsele bajar el precio de venta. Coste de producción mínimo, riesgo cero, ganancia óptima. Así son las cosas. Así fueron. Luego, vino la Red. No estaba prevista. Y, con la Red, la extinción del soporte material. No del vinilo, del CD o vaya usted a imaginar qué novedosa maravilla. La extinción de todo soporte material, y, con ella, la de cualquier atributo individuante de la mercancía más allá de su uso: un uso que, de pronto, podía universalizarse instantáneamente, sin necesidad de mediación comercial.
Los no perfectamente imbéciles del negocio entendieron que eso era tan irreversible como lo fuera el tránsito del vinilo al CD. Y que sus consecuencias eran sin comparación más radicales. Y optaron por proporcionar instrumentos cómodos de descarga a un precio razonable. Los negocios inteligentes de música en Internet no venden discos, venden calidad y tiempo breve en la descarga, y toda suerte de complementos informativos o plásticos que apenas han iniciado su recorrido. A un precio que haga eso preferible a la paciencia de emplear horas para obtener una mercancía cochambrosa. Y esos no perfectamente imbéciles del negocio están haciendo una saludable fortuna. Al tiempo que los cadáveres del club Sinde sólo producen estiércol con el cual alimentar su cementerio de predadores.
Sinde trabaja, desde luego, en beneficio del negocio familiar. Nada hay de criticable. Ocupémonos de cosas serias. No de esa señora que, al menos, vela por lo suyo. Ocupémonos de cosas serias. Ante todo: ¿por qué esa atrabiliaria unanimidad de los grandes partidos en la norma más condenada al fracaso de cuantas puede hoy abordar una sociedad moderna —y también la más reaccionaria—: poner aduanas a la Red? Legislar contra la Red es abolir el futuro. O soñar con poder hacerlo. En vano. Nuestros políticos viven en el modelo de partido nacido con el siglo XIX. Y es verdad que ese modelo salta por los aires cuando una malla de automatismo informativo universal, como es Internet, deja en casi total ausencia de función a esas altas burocracias de Estado que fueron durante dos siglos los partidos.
Si se sale de la crisis alguna vez, será aplicando el principio básico de que la Red hace excedentes a, como poco, las dos terceras partes de los funcionarios políticos. En la administración como en la representación, la Red está en condiciones de poner en manos ciudadanas lo que hasta ella había de ser gestionado por la casta que de esa gestión tomaba sus privilegios. La Red, usada racionalmente, reduciría al mínimo el asfixiante coste —con corrupción o sin ella— de los partidos. Y eso ningún partido va a perdonarlo. Ante la Red son ya muertos en vida. Con cuyos descompuestos cadáveres cargamos.
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